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Hllilllil ltJ 4 M. 5 Í S E t MEL 0 CHER 0 r I ELCOCHAS. 7? t? í, melcochas! El melcochero va paseando por la feria y lanzando: su grito. Son los primeros días de Enero; la vieja ciudad tiene un aspecto triste, sombrío; ha desaparecido el tapiz verde claro de los maizales; en los campos de eriazo se destacan plomizos los olivos; no está ya el cielo azul, y á ratos, -el vendaval sopla y hace gemir eu los sobrados las viejas ventanitas. ¡Melcochas finas, melcochas! repite el melcochero, Una lluvia menuda, intermitente, ha hecho alejarse á la gente de la feria; los feriantes, en sus casillas, pasean arriba y abajo por el angosto pasillo; algunos las han cerrado y cubierto la delantera con los blancos toldos; pasan de tarde en tarde dos ó tres labriegos con su paso tardo, indeciso; ha llegado el crepúsculo vespertino y entre el frío prematuro que hace cerrar las puertas y las ventanas, en un ambiente opaco, bajo uñ cielo plomizo, las, campanas dé la Colegiata lanzan las campanadas lentas, lentas, del Ángelus; allá por el extremo de mna calleja, pasa un clérigo con el balandrán hinchado por el viento... ¡Melcochasfinas, melcochas! torna á gritar el melcochero. ¿P; r i qué lanza su, g rito este melcochero? El va tristemente paseando por la feria; lleva un ancho fayanco lleno de estas menudas gollerías; pero nadie, nadie, nadie compra sus I V i J k melcochas. I as luces de la ciudad se van encendiendo: de una tienda sale sobre I ClilSiW ófw negra calle como una súbita explosión de luz; en una farmacia brilla el rojo r 5 E: jdr A globo del escaparate y en la vetusta torre la esfera del reloj destaca con ün suaveresplanaor blanco. Ya las campanas han callado y no; tocan el Ángelus; hay un momento de profundo reposo en las tinieblas, y de pronto una. campanita chica y otra grande comienzan á entremezclar sus sones tristemente y anuncian u n a m i s a de rc azí- OT para mañana... ií e í 7 c í Kffí, OTí cocAíZí. grita el melcochero en la feria; un clpnw, un pobre clonw de los caminos y de las posadas, le mira. desde la, puerta de su barraca. Melcochero- -le. dice- nó habrá sido mucha la venta de hoy. Ninguna- -replica el melcochero. ¿Y ustedes, entrada? Ninguna contesta el pobre clonw. Las campanas prosiguen con sus sones largos, desgarradores; éii él viejo casino del pueblo cuatro ó seis hidalgos sentados en un rincón cambian de rato en rato uiia frase anodina. ¿Cree usted- -pregunta urio- -que esta lluvia durará mucho? No sé- -contesta otro; -el tiempoparece metido en agua. No ha llovido en todo el otoño observa un tercero. Las- bombilias eléctricas apenas lanzan una luz débil, mortecina; se oye una puerta que golpea á intervalos fur riosa. Todas las casas de la ciudad están cerradas; las calles aparecen solitarias, desiertas; en la feria han sido echados todos los toldos; el clonw ha apagado las luces de su barraca; p. ruñacállejuélá silencioso, lento, se ha marchado con su ancho cesto el melcochero. CuandoUegue á su casa, uiía mujer le preguntará: ¿Has vendido mucho, Tomás? El dejará el fayanco de las melcochas sobré Ikmesa: y dirá: Nada AZORÍN D I B U J O DE Ani. IA