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A u n D. J. R. que se permitió censurar uno de sus sonetos, le soltó una andanada en prosa con el título de La tremolina soretaria, que ocupó varias columnas de aquel Diario en diferentes números, y llevaba al frente irnos versos de Rabadán, que bastan para dar idea de su numen y de su ing- enio: La ignorancia y envidia conspiradas contra mi musa están furiosamente; con insulto mordaz encarnizadas aspiran devorarla ¡infarae diente! III Aquellos disgustos que de vez en cuando daban al pobre Rabadán críticos severos y censores mordaces tenían para él gratísimas compensaciones en pomposas alabanzas de encomiásticos panegiristas que, aunque á muchos sonaran á crueles burlas, á él se le antojaban merecidos elogios, y en demostraciones no menos laudatorias de entusiastas admiradores que en forma de cartas, mensajes y títulos honoríficos le enviaban algunas veces de distintas naciones. Uno de sus biógrafos dice; Innumerables fueron las composiciones de todos géneros y calibres con que el buen Rabadán alegró á los madrileño jor aquella época. Innumerables y celebérrimos sus raptos, églogas, sueños, décimas, acrósticos, glosas y laberintos, en cuyo abundantísimo surtido alternaba con el sombrerero Avrial, Goveo, Gar- f 3 s i. %i- W, nier y otros, aunque sobrepujándoles siempre en extravagancia y fecundidad. Pero si el hombre público, el poeta se distinguía tan notablemente por aquellas cualidades, el privado no era menos original, menos digno de observación. Su carácter era honrado y bondadoso, su trato amable y franco, su conversación agradable y singular. Su prodigiosa memoria, su mal dirigida erudición y un si es no es devaneo de su cabeza, daban lugar á escenas en extremo cómicas, de que sacaban partido los festivos concurrentes á cierta librería de esta corte, donde Rabadán solía hacer pública ostentación de su ciencia pedantesca. De este risueño recinto salieron las. burlescas sátiras que amargaron los fáciles laureles. de D. Diego; de aquí los iróncos elogios, apuntes y apologías que su enferma imaginación le hacía tomar por verdaderos; de. aquí, las supuestas cartas de los reyes y príncipes de Uuropa al oete i íZí í) invitándole con gracias y mercedes en sus estudios, remitiéndole cruces y distinciones; de aquí, en fin, la semejante copia de su imagen ejecutada por un diestro pincel y que lució por aquellos años en una Exposición de la Academia... D. Diego Rabadán fué famoso en su tiempo, y excelentes escritores han conservado su memoria con recuerdos entre burlones y compasivos. Sus numerosos sucesores, no menos inspirados y geniales, han logrado hasta- formar escuela y buscar la celebridad por los aplausos mutuos. Un amigo mío dice que siempre que v e reunidos á algunos de los modernos sucesores de Rabadán, sólo se le ocurre un antiguo dicho pro vérbial ligeramente modificado: Junta de Rabadanes, poesía muerta. F E W P B P K R E Z Y GONZÁLEZ DIBUJOS DE MEDINA VERA