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PERSONAJES ESTRAFALARIOS EL P O E T A R A B A D Á N alto, cenceño, estirado, grave, cuando no estaba departiendo con las muchas personas de distintas clases sociales que á diario concurrían á su establecimiento hallábase embebecido en la lectura de alguno de los numerosos libros que él tenía. Según frase su 5 a, los mercaderes de libros usados eran en general unas pobres gentes que sólo sacaban á su mercancía el provecho material del tráfico, desperdiciando su mayor ventaja, porque eran frutos tan excelentes, que el vendedor podía sacar y aprovechar todo su jugo, aún más estimable que su precio, que sin merma podía luego obtener al pasarlos á manos de quienes los compraran Y aquel tipo, que ya en su aspecto tenía algo de quijotesco, porque era también de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro y digno de ser apodado el librero de la Triste Figurai, algo asimismo tenía de quijotesco en lo desvaído y desconcertado de su meollo por causa semejante á la que acabó con el escaso juicio del Ingenioso Hidalgo. Como éste, el buen librero los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba á leer libros... y se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio... Uno de sus biógrafos, que tampoco le faltaron sus Cide Hamete Benengeli, escribió lo siguiente, ponderando su afición extremada á la lectura: Rebatió toda su mollera de lo más selecto y atildado de nuestro Parnaso, según su delicado criterio. Se atestó de lo más clásico; nada escapó á su robusta comprensión; todo se le quedó en la uña: los retruécanos de I eón Marchante y sus picantes equivoquillos; las sales de Gerardo Lobo; lo altisonante de las selvas de Gracián; la claridad enigmática del Blifano de Góngora; las agudezas de sor Juana; el intrincado laberinto de Villamediana; el fornido Macabeo de Silveria, etc. etc. nada se le pasó por alto, todito quedó en casa... Pero no quedó en casa así como se quiera; quedó en casa como chispas de lumbre que, penetrando en la casa por las abiertas ventanas, prenden fuego allá dentro y vuelven á asomarse algún tiempo después convertidas en espantables llamas... II En 1814, después de la vuelta á España del deseado Fernando, la modesta librería de la plaza de las Descalzas estaba constantemente concurrida y aniraada. Escritores, artistas, estudiantes, caballeros y hasta, personajes importantes de la corte acudían á aquel puesto de libros viejos para platicar un rato con su dueño, que ya había adquirido como singular poeta, y muy particularmente como poeta fernandino asombrosa celebridad. D. Diego Rabadán, que así se llamaba, era naturalmente un exaltado realista, entusiasta partidario y digno cantor de las glorias de aquel monarca, á cuya apoteosis aplicó, egún frase de un escritor madrileño, su insensata fecundidad. Sus amigos, parroquianos y tertuliantes disfrutaban ex ora suo de las primicias de sus portentosas lucubraciones poéticas, que al siguiente día saboreaban de nuevo en las columnas del vetusto Diario de Madrid, j le festejaban y aplaudían con tan extremadas demostraciones, que acrecían por instantes su risible engreimiento y su peregrina locura. Algunas veces en el mismo Diario, que daba asilo á sus desatentadas composiciones, salía algún crítico qne lo ponía como chupa de dómine; pero Rabadán no se andaba en chiquitas y allí mismo tomaba el desquite, poaiendo á su censor como hoja de perejil. los comienzos x había de las Descalzas, de arrimado a fachada de la ENantigua casa deldel siglo dei xPiedad, en la plaza de libros viejos, cuyo Madrid, hombre yaa lentrado en años, Monte un puesto dueño,