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de eslabones alternativamente esmaltados de rojo y afiligranados, de oro dedos colores, incrustados de perlitas unos, otros de diminutos rubíes. La joven sonrió, y para auxiliar la memoria del orfebre, entreabrió la escarcela que pendia de su cintura prolongada, de castas líneas, y sacó una patena primorosa, un San Jorge de esmaltes, orlado de pedrería. -Bste es el remate de la cadena, maese; el brinquiño que cuelga sobre el pecho. Al fijar los ojos en él, se descompuso la cara del orfebre; tembló todo su cuerpo, y su mirada ardiente, acusadora, se clavó en la joven con expresión terrible. Aquella mirada quería penetrar hasta lo más íntimo del corazón, y arrancar de allí secretos, complicidadss, evocar el pasado. Ella permanecía. serena, candida, un poco asombrada, pero sin la menor inquietud en sus brillantes pupilas. Era florentino maese Lamberto, y, á pesar suyo, se dejó invadir de un sentimiento de admiración ante tan acabada belleza. Desinteresadamente- -maese Lamberto había llegado á la edad senil- -detalló la corrección de dibujo de aquella ovalada faz, lií lorma ijombeada de la frente, la maravillosa nariz, la boca rosada como ia. s coucuas del Adrián o, -JÍ Í v. 1 Vil 1 la garganta luenga, redonda, el escote virginal que diseñaba el plegado prolijo y simétrico de la camisa de Holanda, y, razonando como se razonaba en la estética ciudad, concluj ó: -No puede ésta ser cómplice de ladrones. En voz alta, reteniendo entre sus manos el San Jorge, interrogó: ¿Quién te ha dado esta cadena y brinco? -Mi prometido, el día en que nos prometimos- -contestó ella serena y orguUosa. ¿Y cómo se llama tu prometido? -Amadeo Cenzoli. El orfebre reflexionó. No era ese el nombre del malvado sobrino suyo que se había fugado, robándole cuanto tenía en la tienda, comprometiendo su honra y quitándole el pan de la vejez. Desde la mañana fatal en que descubrió el robo, maese Lamberto, imponiéndose duras privaciones, trabajaba como un esclavo, á la luz de la candela si faltaba la del sol, para restituir las sumas que importaban las joj as confiadas á su probidad y desaparecidas. En tan dura labor, sus ojos empezaban á enturbiarse, su cuerpo se inclinaba hacia la tumba, y todavía no estaba libre del peso de la deuda; le faltaban muchos años para liberarse- -á pesar de que el duque de San Miniato, compadecido, le había perdonado su cintillo de perlas y el cinturón de cascabeles y dijes de su enano. -Cada vez que pasaba por la tienda de maese Lamberío el duque, le decía el viejo orfebre las mismas rencorosas palabras: