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LA MUJER EN OTOÑO SCRiBÍ el epígrafe en una cuartilla, tiré su correspondiente rayita por debajo... y descansé. Ya podía decir, sin escrúpulo de conciencia, á t o d o el que me preguntara por el artículo, que le tenía empezado. Pero dio la picara casualidad de que cuantas veces me puse á continuarle, otras tantas me quedé sin saber por dónde tomar el hilo del asunto. ¡Qué cosa tan rara! ¡Con lo interesante que está la mujer en otoño! Precisamente en esta época del año encuentro yo que lo mismo la mujer que el agua de limón, deben preferirse ¿leí tiempo. En qué estación está más hermosa y simpática la mujer? La primavera peca de irrespetuosa con los encantos femeninos. ¡Ya lo creo que peca! Ahí tienen ustedes á Purita Canela, canela pura la llamamos sus admiradores, que somos legión. Me parece que la cara de Purita se puede presentar donde haya caras preciosas, y donde no las haya, con mayor motivo. Pues viene la primavera y en aquel rostro hechicero se yerguen tres granos como mínimum: uno en la comisura d é l a boca, que la estropea completamente la sonrisa; otro en un párpado, que menoscaba visiblemente el fulgor de su mirada, y el otro, el más inclemente, le sale en la mismísima punta de la nariz, como á la señora madre de D. Perlimplin. El verano no es más considerado con el sexo bello. Vean ustedes lo que le ocurre á Clarita Lamorena, una morenita clara que da la hora. En cuanto llega el verano, aquella tez fina, pálida y transparente, se cubre de pompitas de sudor como un botijo de Andújar, y no tarda en presentársele un enrojecimiento atomatado en las mejillas, que hace renegar del que dijo que el rostro es el espejo del alma, y declarar que en Clarita, el rostro es el espejo del hígado. ¿Acaso el invierno se muestra más atento y comedido con la hermosa mitad del género humano? Que lo diga Elenita. No cabe duda de que la nariz de Elena es rigurosa mente helénica, ni de que tiene unas manos que para sí l a s quisiera la Venus de Milo... P u e s hay que ver cómo le pone el invierno el helenismo d e l a nariz, y los s a b a ñ o n e s los t o r n e a d o s dedos. En cambio, la misma Marianela, cuyo cutis parece en primavera albaricoque toledano, fresón en estío, y en el invierno níspero, tiene en otoño la aterciopelada finura del pétalo de la camelia. ¡Lo saben las madres cc mo dicen los anuncios de las denticinas: de quince novios que t e n a una muchacha casadera, diezj por lo menos, le han salido en otoño. ¡Y es lo natural! A la vuelta del veraneo, cuando las aguas más ó menos minerales, y los aires más ó menos puros, y la alimentación más ó menos sana han mejorado las condiciones de su oro- anismo y hay más saludable color en las mejillas y más alegría en los ojos; cuando las telas propias de la estación dibujan con más esbeltez la figura; cuando todavía no ha llegado el pesado abrigo que borra las líneas y ya se lleva el boa que tanto realza la belleza del rostro; cuando se pasea á la fuz del día á cara descubierta, es cuando los encantos de la mujer prenden más fácilmente en nuestros pechos la llama del amor, en la que. si á mano viene, se enciende la antorcha del himeneo. ¿Y qué mujer que en algo estime su belleza y se preocupe de su porvenir, no preferirá la estación en que salen los novios, á aquellas en que salen los granos? A pesar de todas estas consideraciones, el artículo seguía sin escribir, y entonces pedí auxilio á los amigos. -El tipo de la mujer en otoño es la castañera- -me dijo un simbolista, á quien mandé con el símbolo á otra parte. -La mujer en otoño- -me dijo un casado- -te amarga la vida con los anuncios de que hay que alfombrar y hacerse ropa de abrigo. -La mujer en otoño- -me dijo un estudiante- -deja de ser la novia preciosísima que dejamos en el pueblo, y se transforma en la terrible patroua, que hasta quiere, á veces, que uno la pague lo que la debe. Renuncié á los consejos, busqué en los libros cosas otoñales y me encontré con el soneto de Argensola: Llevó t r a s si los p á m p a n o s Octubre. Aquí vi un rayo de luz, y y a me decidía á- escribir que la mujer en otoño era. ¡despam. panante, J Pero desde que nos ladramos recíprocamente los chistes, tiene uno miedo á estas cosas. En vista de lo cual, resolví no escribir este artículo. ¡Y dicho y hecho! CARtos L U I S DE CUENCA DIBUJOS UE íilLEiN O