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iviL JL: K DAIVXJ 2: ÍL Tran de la caricela de férreo bordado, parecida á un alegre arabesco, qt e separa la calle del patio, se adivina, entre el nimbo de oro que cierne la tela del toldo anillado, un perfil de mujer que va. y viene en la mecedora que rueda en el mármol. Entre dos síirtidores distintos, el de notas que tira el canario desde el filarmónico cristal de su buche hasta la alegría del aire dorado, y el que eleva cual tallo de espuma la fuente de puro tazón de alabastro; entre el brinco de notas, y el brinco del cristal rumoroso y rizado, un tercer surtidor de cantares, que con la vihuela se está acompañando, eleva á los aires la ardiente andaluza desde su abrileña garganta de nardos, hasta los cordeles del toldo, en que duermen en largas hileras de noche los pájaros. Los tres surtidores, uno que es de trinos, otro que es de espumas, y otro qtie es humano, parecen tres seres, tres almas de notas que pasan la vida riendo y cantando. Mientras con menudos pellizcos puntean sobre las seis cuerdas sus dedos elásticos, canta así la mujer encelada con su voz de felpa de dulzor amargo, con su voz sollozante que finge musical cuenta- gotas de llanto: Cuando por la reja contigo no hablo, se me desbaratan contra los bordones los huesos llorando. Y la larga cola llena de suspiros con que acaba el lamento gitano, la cola parece de los pavos reales, que, impreso á lo largo, j llevan redondeles de rosas de sedas, llevan esculpidos claveles de raso, llevan cincelados cien lirios de luces con mil pensativos reflejos morados, y al p a r que la cola, cual la de la copla, se va desliando, abre el real plumaje más rosas de rumbo, otros clavelones de luz más bizarros, y otros grandes círculos de obscuras pupilar con tornasoladas ojeras de rayos. Cuando se descarga su sangre de celos, la andaluza se queda mirando el rubio cernerse del sol que gotea desde el toldo, cayendo en el patio, por cuya blancura, cual un hormiguero que va resbalando, van chispas de oro subiendo los muebles, azulejos, floreros y cuadros, hasta que se borran rimando en pajizo al dar en la veste gentil del canario, y salen á poco de la túnica de oro del pájaro, y otra vez se miran los áureos regueros cual vivas migajas de sol desgranado. Pasa un abejorro y pega u n porrazo contra el frágil cristal, donde preso queda unos segundos tamborileando. Una golondrina tararea en el techo su canto, y un gato pianista recorre en un juego los dientes sonoros del loco teclado. Arrastra la tarde su manto de púrpura, y la diosa andaluza del patio acude á la reja, donde se divisa un perfil petulante y gallardo. l, as tres mil campanillas que cuelgan de la enredadera tejiendo sus lazos, el viento sacude y al amor repican todas volteando. Luego nacárea la luna los vidrios con íntimo rayo, cual con leve pincel de ilusiones en sueños untado. Y después se despliega la aurora en violento carmín chorreando, y otra vez en la siesta, andan, andan los recortes de sol por el mármol; y así vive la diosa andaluza, la fabricadora de idilios lozanos, la que se enamora de u n hilo de araña, de un color, de un sueño, de un vidrio, de un pájaro; la alondra andaluza á quien una cuerda la inclina hacia el canto, á quien una fuente la incita á lo heroico, y á quien un amante la rinde en sus brazos. SAI, VADOE R U E D A DIBUJO DE RUIZ GUERRERO