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j (1515- 1582) N vano el despecho ue una derrota segura para nosotros en guerras en que triunfan la masa y el cálculo, inspiró á nuestra irritable gente rencor al ideal, oangre de nuestro espíritu étnico, y odio á la leyenda, á cuyos pechos se crió tan indomefiable el alma española. Vueltos á nuestra cordura, reconocemos que por hijos del ideal y de la leyenda fuimos tan grandes que, viniéndonos estrecho un mundo, descubrimos otro, y no cabiéndonos el espíritu en la tierra, colgamos del cielo ima escala de oro para comunicamos con él: nuestra mística inmortal. Y todas aquellas grandezes se juntaron casi en una página de la Historia. Apenas, merced á una mujer que comprendió á Colón, Isabel la Católica, se nos dilataban los horizontes de la tierra, merced á otra mujer, Teresa de Jesús, se nos iluminaban lo horizontes eternos. En Isabel la Conquista iora encarnó la leyenda, y en Teresa la Extática, el ideal místico de la raza. De allí á poco, el genio español condensó nuestro doble ser de batalladores y contemplativos en un símbolo eterno: Don Quijote. Y de tal suerte son esas las dos alas de nuestro espíritu nacional, que si el alma de la raza se extinguiese y hubiera que buscarla en sus fuentes, la mitad la hallaríamos en el Quijote, y la otra mitad en Las Moradas. Dejadme evocar con orgullo y con reverencia la castiza figura de la autora de este libro tan santo, tan bello y tan español. II Era en los días en que no se ponía el sol en nuestros dominios; en que los hombres criábanse más robustos de cuerpo, como para vivir muchas vidas y alentar con muchas almas; recién forjada la nacionalidad, la lengua en formación todavía, pasaba, como el alma nacional, de las fierezas del Romancero á las morbideces paganas del Renacimiento, embriagándose entretanto con los delirios andantescos, y poniendo los labios, sedientos de eternidad, en los abiertos raudales de la mística teología. Entonces suscitó Dios á la escritora iluminada. Nació en el riñon de Castilla, allí donde el suelo granítico es más duro, el clima más recio, el habla más castiza y la raza más entera y bravamente española; nació en Avila, la bien cercada; en la ciudad de los santos y de los caballeros, cuya catedral ciñe almenas como antaño los monjes ciñeron coraza; nació en solar hidalgo, de padres fecundos en hijos y en virtudes. Fué blanca, agraciada y luminosa de semblante, alta, robusta, esculturalmente hermosa de cuerpo, mas no gozó de salud, que la llama del espíritu quemaba y derretía su envoltura. En lo heroico de la voluntad y en lo arrobado del ánima, bien mostraba ser del mismo bronce moral de aquellos nuestros guerreros extáticos que, con exaltación de vidente, pintaba Theotocopulos el griego. En la niñez soñaba con la vida eremítica y con ir á buscar entre infieles el martirio, y en la madrugadora adolescencia aficionóse á leer y aun á escribir libros de Caballerías (i) para q u en todo fuese su alma síntesis del alma nacional, que fluctuaba entre la leyenda y la mística. En aquel albor de mocedad gustó de llevar galas, y deseó contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos, cabellos y olores (2) Recluyó el buen D. Alonso de Cepeda á su hija en el monasterio de Santa María de Gracia, y aunque la santa futura mostróse al principio enemiguísima de ser monja -dícelo ella misma, -pronto comenzó á paladear las suavidades de la vida interior. Falta de salud, volvióse con su deudos, y restablecida, no sin lucha, no sin doloroso desgarramiento, dejó la casa de su padre y entróse monja en (1) Sus confesores los P P Ribera y G- raoián declaran que l a s a n t a en sus niñeces, a y u d a d a por t. ii iiermano Eodrigo, escribió u n libro de Caballerías, que admiró á cuantos le leyeron dice el P Bibera. (2) S a n t a Teresa en su Yid a.