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LA VALENCIANA A la encendida flor de los granados su labio de carmín vence y agravia; en sus ojos, profundos y rasgados, aún arde el sol de Arabia; pero calman sus luces intranquilas, al tímido rubor siempre dispuestos, velando vergonzosos sus pupilas, los párpados honestos. Bn su frente, amorosa y al par grave, pláceme juntas y fundidas verlas, la tinta del marfil pálida y suave y la luz de las perlas. En sus mejillas candidas y hermosas, que á la ardiente pasión causan delirios, el matiz amortigua de las rosas la nieve de los lirios. Brilla en ella la helénica hermosura con los hechizos de la hurí morisca; ninfa griega á la vez se me figura y oriental otcalisca. En los frescos verjeles la sorprendo, hortelana de dulces fantasías, entrelazando flores, y luciendo las galas de otros días. Alta peineta de oro resplandece en su cerviz, que airosa se levanta, y corona simbólica parece de diosa, reina ó santa. Con dos bucles adorna su semblante el cabello, que al ébano avergüenza; y arrolla en su cerviz uso constante la interminable trenza. Exótico joyel luce en sn pecho con el blando fulgor de la esmeralda; bien ciñe el talle su corpino estrecho; tersa y hueca es la falda. Y si, bajo sus pliegues asomado, el pie menudo á nuestros ojos queda, muestra la media blanca el escotado zapatito de seda. El mundo, así, con tan gallardo equipo, la admira, en los jardines soberana, y así ha formado el delicioso tipo de nuestra valenciana. Tipo que es como flor de todas ellas, como ideal de su beldad augusta, que al conjunto feliz de nuestras bellas se acomoda y ajusta. Hay algo en la gran dama valentina de jardinera, que las flores ama; en la pobre y modesta campesina hay algo de gran dama. Otras les ganarán en fortaleza, en arrogancia, en bríos y en alientos; ninguna, en pura y celestial belleza, en dulces sentimientos; ¡en esa luz del alma que la sombra aclara y borra en la terrena vía, y que en la lengua del mortal se nombra amor y poesía! Tu ensalzador poeta ser yo quiero, ángel consolador de nuestras penas, ejemplar adorable y verdadero de las mujeres buenas. En la ciudad, la aldea ó la campiña, en la ancha plaza ó el hogar oculto, matrona ó virgen, viejezuela ó niña, yo te rindo igual culto, cuando hacendosa en huertos y florestas claveles coges ó manzanas de oro; cuando das con tu ingenio á nuestras fiestas artístico decoro; cuando en el templo, enamorada esposa, el íz pronuncias del nupcial carino; cuando con tierno afán, madre afanosa, meces la cuna al niño; cuando hincada en el suelo la rodilla y los ojos en lágrimas bañados, rezas ante la Virgen sin mancilla de los Desamparados. Dinujo DE pn. Á TEODOEO E T O R E N T E