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LA EXTREMEÑA En los fecundos campos donde germina el trigo, cesó el tráfago diurno; ya se acerca el labriego hacia el hogar en busca de un corazón amigo, de pan y de caricias, de reposo y de fuego. Ya tocan á oraciones campanas clamorosas; el cielo por Oriente de rojo está teñido; unánimes las sombras persiguen silenciosas los ampos luminosos del sol que se ha escondido; y a las ovejas duermen en el redil tranquilas; ya las tinieblas rompen la luz de la majada, y ladran los mastines, y callan las esquilas; ya está la augusta noche de estrellas coronada. Ya alegran los gañanes con coplas su camino, y tornan á la aldea por rústicos senderos, envueltos en las rachas del aire vespertino que hiela el cristal líquido de charcos y veneros. De pronto, en el camino destácanse indecisas siluetas de figuras que avanzan lentamente, y se oye un rumor vario de voces y de risas: son mozas que hacia el pueblo regresan de la fuente. Al verlas apresuran el paso los solteros; las mozas alardean de runiDo y apostura; se miran y se abrasan; la luz de los luceros no brilla cual sus ojos la noche más obscura. Caminan muy despacio; las bocas están quedas, las manos sosteniendo vasijas y azadones; pero al andar se miran, y dejan las veredas sembradas de deseos, cubiertas de ilusiones. Ya de ruinosa ermita los muros se columbran; los que charlando vienen sus voces amortiguan; dos lámparas la efigie de un Redentor alumbran, las mozas y los mozos al verle se santiguan... Al fin en la solana de la riscosa sierra de olivos centenarios entre la fronda obscura, se ven bajos tapiales de apisonada tierra; allí están las mujeres honor de Extremadura; allí están las mujeres que agitan el cedazo y de la blanca harina separan el afrecho; las que aechan y trajinan valiéndose del brazo que libre deja el hijo que tienen junto al pecho; allí están las que saben tornar la casa en nido; las maestras de trasiegos, aliños y cochuras; las que sus sayas traman y tejen su vestido, y son madres y esposas y se conservan puras. Al ver el campesino brillar en lontananza como una estrella fija la luz de los hogares, aviva el paso y abre su pecho á la esperanza, y anuncia su presencia con coplas y cantares. Ya llegan caballeros en poderosos machos los labradores ricos, á pie los g- anapanes; y a á recibirles salen gritones los muchachos, las próvidas mujeres suspenden sus afanes. Molido el hombre viene, fué dura la tarea; pero hay un sillón viejo del hogaril á un lado, junto á las rojas ascuas donde el puchero humea, y en él reposo toma el labrador cansado. Siguiendo de las viejas la clásica costumbre la abuela, que rezaba, al sueño se ha rendido: en un rincón, no lejos de la encendida lumbre, un niño en el regazo materno se ha dormido. Acaso el calor tibio que de los labios fluye de una mujer que besa al hijo que amamanta, del ser que lo recibe en el destino influye como el calor de otoño en la naciente planta. Y al ver estas mujeres de Extremadura actuales que cuidan de sus hijos los infantiles sueños, á la memoria acuden aquellas inmortales que crearon en lo antiguo los héroes extremeños. Las de ahora son de aquellas ilustres oriundas, de aquellas que transmiten el genio por los labios, hermosas como el cielo y como el mar fecundas: las madres de los héroes, los poetas y los sabios. VIRGILIO IJIBLJJO D E E E S T E V A N i I -i c s r m 6 E TUw fcv. n. r COLCHERO