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ü ífgfs u? fci S i ir íiSS. -i- A X AGUSTINA DE ARAGÓN ESDE que en la Historia de nuestra España pudo ser anotada con inmenso orgullo la fecha de 1808, el nombre de Agustina de Aragón ha corrido deboca en boca, dejando una idea indeleble en l os cerebros y una estela de legítimo entitsiasmo en los corazones. Podrá no conocerse bien la historia de las guerras patrias; podrán haber caído en el olvido los nombres de valientes soldados; pero el nombre de esta mujer que un día dio hermoso ejemplo de arrojo y bravura, resonó con tal energía en los ámbitos del mundo, que el eco le repite constantemente, sin que su potencia se extinga. Los hombres van á las peleas cumpliendo sus cargos y con la aspiración de conquistar honores y ascensos. Los tipos de mujeres heroicas de que nos habla la Historia, son desinteresados, con abnegación femenina, cuyos componentes son siempre el amor y la generosidad. Asi lo reconocen los historiadores, y así lo declara Lafuente en im párrafo, en el cual, después de relatar los hechos notables, dice: ¿Pero qué mucho que lo fueran los militares y los patricios ilustres, los eclesiásticos, los monjes, los hombres del pueblo, si lo eran también las mujeres, lo mismo de la humilde y modesta clase, como Casta Alvarez, que de la alta y noble, como la condesa de Bureta, prirua de Palafox? En los actos patrióticos que llevó á cabo la heroína de Zaragoza, Agustina Zaragoza y Domenech, se confunden dos amores: el de la patria y el del hombre; éste último es quizá menos conocido, pero seguramente fué el decisivo, el que armó la mano de la valiente mujer, cuyo corazón rebosaba indignación presenciando las ofensas inferidas á la patria. La Historia de D. Modesto Lafuente relata de este rhodo los hechos: La mañana del i. de Julio ordenó Verdier un ataque general en todos ios puntos, batiendo al propio tiempo la Alfajería y las puertas de Sancho, Portillo, Carmen y Santa Engracra, que defendían oficiales intrépidos como Marco del Pont, Renovales, Larripa y algunos otros. Arreció principalmente el fuego en la del Portillo, siendo en aquel puesto tal el estrago, que los cañones quedaron solos, tendidos en el suelo y sin vida todos los que los habían servido. Dió esto ocasión á una de aquellas proezas insignes que dejan perpetua memoria a l a posteridad y se citan y oyen siempre con maravilla. Viendo una mujer del pueblo, joven de veintidós años- y agraciada de rostro, que una columna enemiga avanzaba á entrar por aquel boquete y que no osaba presentarse un solo artillero nuestro, con ánimo varonil y resolución asombrosa arranca la mecha aún encendida de uno de los que en el suelo yacían, aplícala á un cañón de 24 cargado de metralfe, y causa destrozo y mortandad horrible en la columna; ella hace voto de no desamparar la batería mientras la vida le dure; su ejemplo vigoriza á los soldados, que acuden otra vez álos cañones y renuevan un fuego tremendo. Aquella intrépida y célebre heroína (la Historia ha escrito y a muchas veces su nombre) se llamaba Agustina Zaragoza. El general Palafox remuneró después su heroísmo, dándole insignias de oficial, una cruz y una pensión vitalicia. Todavía las Cortes españolas, en la legislatura de 1859, recompensaron aquel acto varonil, que fué un gran servicio patriótico, concediendo á una hija de la célebre Agustina la misma pensión nacional que disfrutó su madre.