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gTUNQuEparezcauna paradoja, la mujer tiene i f e l cierta frescura cuando aprietan los calores. No tanta frescura cotao algunos individuos de nuestro Parlamento. Pero más que algunas merluzas de nuestro mercado. Al iniciarse el verano, dominan á la mujer dos preocupaciones: Lucir trajes ligeros, claros, opuestos a l a ocultación de la riqueza física. Y veranear, ora favoreciendo el balneario de moda para dar en la cabeza á más de cuatro amigas, ora dejando entre los pinos del campo la palidez adquirida entre los alcornoques de la ciudad. Cuando comienzan los días á ser largos, si que también anchos, toda solterona de 30 grados sobre cero piensa únicamente en dos monumentos literarios: la Epístola de San Pablo y la Guía de ferrocarriles. En los días calurosos hay mujeres sumamente sensibles al bochorno reinante. También las hay que no se abochornan jamás. Las brisas cálidas despiertan la inteligencia de la mujer. Prueba de ello es que durante la canícuia no quiere usar raedias de estambre ni camisetas de pelo. Por el contrario, se despoja hasta de las prendas personales. Y si no se quita el pellejo, es porque de esa operación se encargan los demás. Hay mujeres que en verano sudan más que en invierno. Dígalo la horchatera de la calle d e l a P i n g a rrona, que tiene que usar cubrecorsés de papel secante. Realmente, las mujeres soportan ei verano gracias al abanico y al agua. El abanico (no el de celdas, sino el de varilla. s) suele ser grato á todo el mundo. Menos cuando tiene versos en el país. Respecto al agua, mujer hay que durante el estío se lava todos los días. Algunas se dedican á la pesca. El hombre de caña goza pescando barbos. La mujer prefiere las barbas. Siempre que éstas se hallen adheridas á un joven caudaloso. Para la pesca de verano, eligen unas la playa tranquila. Otras, la kermesse bulliciosa. Socios hay que prefieren á la mujer en invierno. Pero cualquier observador de regular quinqué, la descubre más encantos en el rigor del estío. Mírese la cuestión por donde se la mire. Esto no reza con las mal configuradas. Más de una conocemos que cuando el termómetro la obliga á desprenderse hasta del modesto fisú de gasa jíi me, parece un maüser que pestañea. Para estas infelices, el verano, ó sea la estaDIBUJO DE XAUDAEÓ ción de X a. pulgas, no es, ni mucho menos, la estación de las Delicias Otras consideraciones podríamos hacer sobre la materia. Pero tememos no comunicar á los lectores, respecto á la mujer, la impresión de calor propia de las circunstancias. Porque precisamente cuando escribimos estas líneas sobre La mujer en verano estamos viendo pasar por la calle, sorteando la helada llovizna y arrebujadas en pieles ó en mantones, mil mujeres, cuyas bocanadas de vaho esfuman puntas de nariz que en cualquier certamen de matices rojos triunfarían fácilmente de la cereza ó de la guindilla. Y es terrible la violencia que al efecto tiene que hacerse nuestra imaginación, que no es de las más calenturientas... JUAN PÉREZ ZÚÑIGA