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JSJ. X i inZT h ií i 3 ÍS í í 7 f V í 4 fT? í t! SZ i ÓLO el nombre de primavera es ya un poema; un poema sin versos ni frases escogidas, pero que en su misma palabra sintetiza cuanto de bello y lírico puede inventar la imaginación. Decimos primavera, y la palabra nos suena como un canto sonoro. Y es un canto tan elocuente, que todo lo dice, todo lo evoca: la flor, el amor, la esperanza, la alegría, la infancia, la promesa, la ilusión... Todo aquello, precisamente, que es luz y halago, compendio de dicha y anhelo del alma. En la primavera nacen las flores, en la primavera nace el amor; ¡oh rítmico acoplamiento de las dos cosas más divinas que hay sembradas sobre la tierra! Flor, amor... En la primavera despierta la Naturaleza como de un largo y profundo sueño: abre los ojos, se despereza y se incorpora, y las cosas parece que tiemblan como si una emoción sagrada las agitase. Es la emoción de la vida que empieza á circular, el enigma, la vida que pasa, y sabido es que nada hay de grande y profundo y religioso como la vida! Despierta la Naturaleza, y su primer creación es la flor; la primera flor es la violeta, y la violeta es la pupila azul de la primavera que se entreabre al ras del terruño y que esparce una primera mirada de aromas. El césped está vibrando ya con el latido de la germinación; numerosas, infinitas, imponderables, surgen como á impulso del latido de la primavera las flores tempranas, y son las flores más candidas y humildes, las más fugaces y bellas: violetas, margaritas, miosotis... Las violetas son ojos azules abiertos entre el césped, y miran secreta y profundamente, como la pupila interrogadora de una niña que entra en la pubertad; los miosotis son pupilas más abiertas y más claras, y tienen el azul del cielo, la diafanidad de los ojos de una doncella rubia; pero las margaritas son va flores más complicadas, y tienen blancura de armiño, amarillo de oro, alto y cimbreante tallo que la brisa se goza en batir y mecer cariñosamente. Estos son los adornos de la primavera. Pero el adorno primero, el adorno interno y espiritual de la primavera, es el amor. En Abril se abren los corazones lo mismo que si fueran ñores, con igual profusión y espontaneidad, v así como la selva intrincada de los montes se llena de notas azulinas, blancas, olorosas, también la otra selva intrincada de la humanidad se cubre de amores, y si no queda ningún rincón del monte sin su regalo de flor, tampoco hay ningún corazón, por humilde que sea, sin que le alegre el latido de una sensación de amor. Tal es la generosa prodigalidad de la primavera, esa hada eterna y dichosa. Hada hermosa, sublime hada, la blanca y aérea visión. La buena estación del año. Cuando se estremecen las fuentes de la vida; cuando se rompen los brotes; cuando saltan y cantan los manantiales; cuando corren ráfagas de aroma; cuando amanece el sol, tan inocente como un niño, tan hermoso como una doncella; cuando los pájaros quieren cantar sus más concertados cantos; cuando las plantas desean adornarse con su más lucido tra. je de verdor; cuando los cisnes se pavonean más elegantemente en la tersura de las aguas; cuando las doncellas se paran á mirar el agua que corre, ó una flor que tiembla, ó un nido reciente, y no saben lo que sienten, y no se explican su inquietud, y suspiran, y miran luego á lo lejos como si quisieran adivinar algún secreto, un cierto misterio que presienten y que no pueden definir... La buena estadón, la primavera, la infancia del año. Una niña que pronto será mujer, una niña que sonríe, y al sonreír esparce sobre la tierra una claridad de sol. Una niña que corre y canta alegremente, y que lleva una corona de margaritas en la cabeza, un ramo de violetas en la mano, y que se rodea de aves señoriales: cisnes blancos, faisanes polícromos, grandes y aristocráticos pavos reales. EAJO- EELIEVE DE COULt. AUT VAT. ERA J. M. á SALAVERRIA