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palacios; fué feminista tan celosa de los derecliós de su sexo, éóiüó se patentiza en la controversia sostenida en Segovia con motivo de la gobernación de Castilla, ambicionada por D. Fernando, al cual expone: Pues plogo á estos caballeros que esta platica se oviese, bien es que la dubda que en esto liabia se aclarase... porque como vedes, á Dios no ha placido fasta aquí darnos otro heredero sino á la princesa doña Isabel nuestra fija: y podría acaecer que después de nuestros dias viniese alguno que por ser varón descendiente de la casa Real de Castilla alegase pertenecerle estos reynos... e no á vuestra fija la Princesa por ser mujer. Su sano y razonable feminismo le inspiró un concepto tan amplio y moderno del matrimonio, que en nuestros días aún constituye un ideal, pocas veces realizado, esa comunión dedos almas que preconiza Sudermann, que encarna en intensas creaciones la literatura septentrional, y que ella supo conseguir tan prodigiosamente, que ni aun en las frecuentes ausencias se falló que el uno diese mandamiento que derogase á la provisión que el otro oviese dado. Porque si la necesidad apartaba las personas, el amórtenla juntas las voluntades I a abnegación, la habilidad, la delicadeza de la Reina Católica eran esencialmente femeninas, como sus encantos y sus inclinaciones. Su afición al lujo abrillantaba las justas y las recepciones de aquella Corte trashumante, que lo mismo vagaba de castillo en castillo que asentaba sus reales en los campamentos. A las embajadas extranjeras, la hermosa y rubia Isabel, deslumbrante de jo 3 as y piedras preciosas, l e s parecía una madonna italiana. Asombra por su magnificencia la enumeración de los festejos que se celebraron en Sevilla para conmemorar el enlace de la infanta Isabel con el Príncipe lusitano, en las cuales se entoldó el Guadalquivir con paño deoro, y cien mancebos fijos- dalgo fueron arreados de vestiduras brocadas e chapadas, e bordadas de oro e de plata la Reina se presentó vestida de paño de oro, y la Princesa y setenta damas de riquísimos paños brocados. E para las justas se fizo un campo grande fuera de la ciudad, cubierto de paño de seda. E fueron fechos cien cadalsos... donde estovieron las damas... e todos eran cubiertos de tapicería e de paños de oro e de seda. Tan decidida inclinación hacíalas artes suntuarias provocó reiteradas amonestaciones de Fray Hernando de Talavera, á las cuales replicaba Isabel con mimosa sumisión en una de su cartas más íntimas: trajes nuebos no hubo ni en mi ni en mis damas... que todo lo que yo allí vestí abia vestido desde que estamos en Aragón, y aquello mesmo me abian visto ios otros franceses; solo vn vestido hize de seda y con tres marcos de oro el mas llano que pude; esta fue toda mi fiesta de las fiestas Las Bellas Artes merecieron singular protección á tan singularísima mujer, que uabía heredado de su padre el amor á los placeres de la inteligencia, inspirándole su decidida protección hacia la cultura disposiciones tan amplias como el eximir del pago de toda contribución á los impresores, y el declarar libres de derechos de Aduanas los libros extranjeros, prescripción que ofrece admirable contraste con la estrecha pragmática de Felipe II, que nos aisló intelectualmente del resto de Europa. Mas por esta amplitud de criterio parece increíble que su magnanimidad, su castellana hidalguía accediese á la infracción del tratado de Granada, que la compasión que le infundían los indígenas de América no se la inspirasen los hebreos y los árabes españoles; como parece ilógico que, comprendiendo claramente que el más arduo de los problemas nacionales era el problema económico, se decidiera á expulsar á los que habían convertido en verjeles nuestras vegas andaluzas y levantinas, á los que sostenían la producción fabril, á los representantes de la riqueza y de la alta banca. Aboga en favor suyo la intolerancia de su tiempo, pues revisando su correspondencia y observando la cuenta y razón estrechísima que el arzobispo de Granada exigía á la piadosa Isabel, aun en asuntos tan baladíes como sus galas, sus recreos, su forzada asistencia á las corridas de toros- -espectáculo que odiaba sinceramente la Reina Católica, -se comprende la intransigencia con que había de imponerle su criterio en materias de fe; pero también es evidente que del claro talento, del inquebrantable tesón de la Reina podía esperarse que del mismo modo que supo defender contra el clero los derechos dinásticos, de que se mostraba tan celosa, hubiese defendido con mayor altruismo á los árabes y á los hebreos, y así los anales de su reinado reflejarían tan sólo la gloriosa apoteosis de la España del renacimiento, vibrante de energía, de pasión, de nueva luz, antes de que la entenebreciesen las suspicacias y fanatismos de los Austrias. MAGDALENA S F U E N T E S TlTnUJOS D E M É N D E Z D R T T Í G A