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ISABEL LA CATÓLICA K Ml L arte, las tradiciones y el amor popular han circundado á porfía la íigura de Isabel I de una n n l aureola de poesía, de belleza, de gloria. Ivas empresas de su reinado constituyen grandiosa epopeya, escrita con la espada, única pluma con que nuestros épicos han acertado á escribir poemas inmortales, encerrando la figura de la Reina Católica una intensidad épica tan marcada, que no sería extraño que en futuras y remotas edades, más que personaje real, se la creyera entidad legendaria, síntesis de los ideales, creencias y aun errores de su tiempo, protagonista, en fin, de hazañas más grandes que la colonización del Dekán ó la guerra de Troya, á la cual se ha comparado insistentemente la conquista de Granada. Y sin embargo, jjocos caracteres hay tan definidos, tan humanos, tan reales como el suyo. I os hechos en que interviene lo trazan á grandes rasgos con pinceladas magistrales. I,o s juros derogados, los castillos rendidos ante la inflexible entereza de la Reina que Mego, d la hora de conocer la rebeldía de una ciudad ó de un alcaide, cabalgaba sola ó con escasa hueste para coartar los desmanes de la nobleza anárquica, proclaman su energía; los recursos suministrados por su celo para el sostenimiento de la guerra contra los árabes, patentizan, al par que su constancia, sus admirables dotes administrativas y organizadoras; las audiencias públicas de aquella época, llamada la edad de oro de la justicia, revelan su equidad, exenta de sensiblerías femeninas; el triunfo del humanismo durante su rei nado demuestra su cultura; las cartas escritas á los caballeros y capitanes que luchaban en las vegas andaluzas, reflejan su llaneza y su castizo donaire; y, en fin, sus vastos planes de política africana atestiguan su prodigiosa intuición respecto á las orientaciones de nuestra expansión colonial. Su espíritu, abierto á todos los grandes ideales, convirtió el poder en instrumento de progreso, inspirándole concesiones tan amplias, tan grandiosas cual las de la capitulación granadina, ó ideas tan democráticas, que ni el Rey ideal de Bjaernson las hubiese formulado con tan sublime sencillez. lyos Reyes que deseen reinar, han de trabajar afirmaba la soberana absoluta de dos mundos; y ajustando las obras á las palabras, asegura el cronista que nunca el ánimo de Reina cesaba de pensar, ni su persona de trabajar puesto que el Rey, vista la grande suficiencia de la Reyna, de todas las cosas se descargaba e ge las remitía e también las que ocurrían en los reinos de Aragón e de Sicilia, aquellas que eran más arduas e de grand importancia Los trabajos intelectuales no le inspiraron aversión a l a s tareas femeniles; imagen fiel de Ztz erfeía casada, en SU recuerdo debió inspirarse Fray I uis, como en sublime modelo: la misma mano que re- frenaba enérgica las demasías del clero, labraba los ornamentos sagrados para los nuevos templos de las ciudades conquistadas, ó cuidaba solícita en su postrer dolencia al cardenal Mendoza; la fantasía que con intuición de vidente acompañó á Colón por ignotos mares, combinaba las estofas y adornos délos maravillosos equipos de sus hijas; por eso debe considerarse á Isabel como el símbolo, quizá más antiguo, pero también más acabado, del verdadero feminismo. Fué mis. feminista, aunque el vocablo moderno á ella aplicado trascienda á anacronismo; fué feminista por el afán con que cultivó su entendimiento y recabó su independencia; fué feminista por su anhelo de elevar el espíritu de la mujer, por la cultura que proporcionó á sus hijas y á las demás doncellas que educaba y velaba en sus