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L A M U J E R EN I N V I E R N O X ESÍS Ó cuatro veces lie escrito este título, lie lanzado una bocanada de humo al aire, lie puesto la- -pluma sobre la virgen cuartilla, y nada. La mujer en invierno, en blanco. Busco en los desvanes de la imaginación, revuelvo y revuelvo las ideas, pasan cinco ó seis minutos y acabo por rasgar la cuartilla empezada, colocando al frente de otra el imperativo título La imijer en invierno. Sí; imperativo, tiránico, porque yo he de hacer un artículo con este tema, y á mí, la verdad, no se me ocurre otra cosa con la mujer en invierno más que arroparla para que esté calentita en la cania la pobre. ¡Qué angustia! Pasa un compañero de redacción. ¿Qué escribes? me pregunta. Z mujer en i7 tvierno contesto yo un poco nervioso. Te esperamos después en el café me dicen dos amigos que han venido al periódico á buscarme. No sé si podré, les respondo, porque tengo que escribir un artículo que se titula La mujer en invieríw. Es necesario que me envíe usted original hoy me reclama el director de una publicación. Hoy me es imposible, me apresuro á escribirle, porque hoy precisamente he de acabar La nnijer en invierno, una cosa para BLANCO Y NEGRO. Bien podías esta tarde, me propone la familia, salir con nosotros de paseo; el día no puede estar mejor. ¡Imposible! les digo poniendo un gesto doloroso; tengo que escribir esta tarde La mujer en invierno. Y hace una semana que vivo atormentado, que no puedo hacer nada, porque estoy, como los trenes detenidos por las nieves, imposibilitado para todo, mientras que no escriba el ya para mí agobiante articulito La mujer en invierno. Pero ¡ay! es el caso que no lo escribo nunca, y todas las noches veo entre sueños á una mujer desnuda, tiritando, con las manos dentro de un manguito y un boa alrededor del cuello, que acusadora, me interroga diciéndome: ¿Qué vas á hacer de mi? ¿Qué te propones con t u silencio? ¡Hasta cuándo, hombre cruel, hasta cuándo! Al día siguiente, sugestionado por la aparición fantástica, me visto, me siento á trabajar animoso, ordeno las cuartillas, cierro la puerta del despacho, para aislarme de toda comunicación familiar, mojo la pluma muy decidido y ¡hala! La mujer en inviertto, una rayita debajo y... pausa larga. Timbre. ¿Quién llama? pregunto. El chico de la imprenta que viene por el original de La mujer en invierno. ¡Si, sí, es verdad, contesto anonadado, desleído en el sillón; yo dije que vinieran hoy á recogerlo! ¿Qué hacer? ¿Cómo cumplir con este compromiso? ¿Qué hago yo con La mujer en invierno? Es decir, sí sé lo que hago, pero no les importa á ustedes. ¡En fin, no hay solución! Y voy y digo: Ea mujer en invierno, si es celosa, seguirá atormentándonos como en primavera, verano y otoño; si, por el contrario, tiene confianza en nuestra fidelidad, nada sospechará, como nada sospechó en primavera, verano y otoño; si es chismosa, lo mismo que en primavera, verano y otoño, seguirá metiéndose en vidas ajenas; si la gusta el teatro y las diversiones, se divertirá igualmente en primavera, verano y otoño. Ea mujer, al menos para mí, no cambia con las estaciones; es siempre la misma, el eterno encanto del hombre, su seducción constante, ya vista las vaporosas blusas con que en el estío acusa sus tentaciones, ya las pieles acariciadoras que dan suave color á sus mejillas en invierno. Que la mujer en todo tiempo posee irresistibles atracciones. ¿No les parece á ustedes?