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A vida tiene nombre femenino, y efectivamente, la vida es una ninjef. Bella como u n a mujer; tornadiza, tentadora, pasajera, grácil y torturante como una niujer; Seduce y engaña lo mismo que la mujer; se nos- aparece, al princioio rodeada de misterioso encanto, envuelta en velos deluz, ornada. deflpres, llena de promesas divinas; y luego, luego que vamos penetrando en la vida, cuando creíamos abrazar la imagen seductora, entonces vemos que la vida se acaba, y que huye, y que nos ha engañado... Primero son unas flores ptiras, un olor de violetas, una blancura de margarita, un. aura suave y blanda; después viene el invierno, tan presto cómo un relámpago; viene la rama sin hojas, llega la nieve... ¡Todo se acabó! Ciertamente, la vida es éonio la ifiujer. Y el año es como una vida, ea que todo nace; florece y muere. El año tiene flores de infancia, rosas de juventud, frutos de maternidad, nieve de decrepitud. Y el invierno es la vejez... ¡Oh vejez helada, triste senectud, en que todos los amables sueños de la vida vienen á agostarse y á caerse! Vejez, ancianidad del ano. Yo me figuro siempre al invierno, cuando quiero representarlo en forma tangible. y humana, como si fuera una mujer muy vieja, inuy viejecita. Me la figuro arrugada, temblorosa, encogida de espanto y de sorpresa: espanto, por lo que h a de vtnir; sorpresa, por lo que ha pasado. Esta viejecita era joven alguna vez y había mirado á la vida con ojos de ilusión, con unos ojos de aumento que la Naturaleza- -también mujer- -nos presta al comenzar la jornada; y como los sueños eran tan bellos, como las imágenes aparecían tan adornadas, aquella joven se lanzó velozmente en eV caTniñó dé la vida, que eS un- camino que va cuesta abajo lo mismo que un precipicio disimulado; y cuando creía que. ya alcanzaba los sueños, he ahí que entonces llegaba la vejez... Y por eso hay en el gesto de la viejecita tanta sorpresa, tan grande y profunda estupefacción. Es un gesto que interroga, qué Hora y que se sorprende á la vez. ¿Es esto, es nada más que esto todo aquello que nos protnetían... La viejecita tiene ya en los cabellos nieve, frío ea la piel, hielo y tristeza en el alnia. Ha llegado el invierno y ya no hay pájaros en las ramas ni ilusiones en el corazón. Sopla ahora por los campos un viento agrio, flagelador, lo mismo que en la frente de la vejez sopla el viento de las ideas amargas. Por los barrancos van los lobos aullando siniestramente, y por el corazón de la viejecita rondan los recuerdos, aquellos voraces recuerdos que se comen el último rastro de alegría... Yo me figuro al invierno como una viejecita arrugada. La viejecita ya no espera nada, todo lo ha consumado. Alimentó cuatro flores y cuatro ensueños; pasó la vida; flores y ensueños se acabaron, y ahora la viejecita calla y se deja llevar. El invierno lo sabe todo; sabe que el año es. como un aura que, apenas sopla, ya se desvanece: la viejecita lo sabe todo también. La viejecita coge su báculo y se deja llevar por el camino adelante, por un calnino trillado que ningún misterio guarda: para la viejecita no hay ya misterio... Sólo una cosa le mortifica, le muerde y le persigue con ferocidad: son los recuerdos, que vienen, como los lobos por los barrancos nevados, á morderle y devorarle los últimos restos de alegría. Mientras la viejecita marcha por el camino, cogida á su báculo, hacia la negrura y el arcano del horizonte, donde vigila la muerte, por detrás vienen aullando los recuerdos. Recuerdos de color de rosa que toman formas adorables y que llegan en revuelta nube; y son acaso la figura de un gallardo militar, ó la cabecita rubia de un niño, ó un vestido blanco de boda, ó un trovador, ó una noche de luna... jTodo aquello que murió, lo mismo que la fronda del bosque! J. M. a SALAVERRIA DIBUJO DE COULLAÜT VALEKA