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Sr. tft 1 9 A JUGUETES. V. COCÍNITAS I, hombre se retrata en sus obras: por eso, sin duda, la arquitectura de sus liogares tiene muclio de humano. Así, verbigracia, el despacho donde el jefe de familia medita, discute y valúa lo que ha hecho y debe hacer, es el cerebro; el recibiiuiento, que nos acoge y convida á dejar nuestro sombrero en la percha, y luego parece adelantarse á las demás habitaciones de la casa para despedirnos, es expresivo como una mano; los pasillos, que relacionan unas estancias con otras, son á modo de nervios ó de arterias que transmiten órdenes y distribuyen energías; el dormitorio, esa capilla secreta donde los hipócritas, sabiéndose solos, piensan en voz alta, es la conciencia, enemiga franca del disimulo; la cocina, el estómago, el vientre, cuyo íntimo trajín mantiene la vida de todo el hogar. Tripas llevan corazón dice un viejo y discreto refrán. Como en los individuos, en las casas, cuando la cocina trabaja activamente y lo que allí se guisa es limpio, delicado y copioso, u n a saludable corriente de optimismo y vigor redobla las energías d é l a familia: la risa cunde, los niños levantan la voz, la madre canta y siente que la quietud de aquel hogar que el amor la dio por cárcel, es muy dulce; el padre también está contento; yerguo la cabeza y piensa que el trabajo, más que un suplicio, es un adorno ó divertimiento de la vida. Generalmente el aspecto de las cocinas es risueño. Por las mañanas, antes de que las ci iadas aderecen el desayuno, el fogón apai ece limpio y alegre con su perímetro cuadrangular de azulejos blancos; un rayo de sol que traspasa los bien fregados cristales de la ventana, bruñe. las parrillas, las sartenes, los cazos l o s ventrudos peroles de porcelana puestos á secar en un barreño, sobre, una rústica mesa de pino; ninguna huella de carbón tizna la pulcritud espejeante del pavimento; sobre la albura de las paredes y á lo largo de los vasares adornados por cenefas de papeles de color, las botellas, las cajas con especias y los almireces brillantes surgen en formación correcta; el grifo broncíneo de la fuente gotea dentro de una pila de mármol blanco... Pero las cocinas mienten; su risa no es leal, y bajo ese júbilo que el aseo derrama Sobre todas las cosas, disimulan un grave y prolongado dolor. Ellas son el símbolo compendioso de la Naturaleza, donde todo se disuelve para renacer; la parodia minúscula del mundo, donde las fuerzas telúricas aseguran, con el trajín incesante de la muerte, la eternidad de la vida. Una cocina es un laboratorio químico; y Ijavoisier, Berzelius, Pasteur... todos esos grandes hechiceros que bucearon en las entrañas del cosmos, poco valen ante los milagros proteicos de la cocinera, que transforma en algo tan material y grosero como la comida, el importe metálico de la idea sutil, resplandeciente ele belleza, que concibió el artista. Los niños ignoran esa lucha sorda; para ellos la vida es juego y risa, y cuando tienen hambre se sientan á la mesa 5 comen alegremente, sin saber que aquello costó la vida á su padre, porque los alimentos valen dinero. Las cocinitas constituyen uno de los juguetes predilectos de las niñas pobres, pues encuentran en ellas algo que halaga sus instintos ordenadores de futuras dueñas de casa y algo también que las recuerda el momento, siempre grato á la infancia, de la comida. Las niñas aristócratas desprecian las cocinitas, imitando en esto á sus madres, que raras veces se acercan al fogón; y las niñas prendadas de lo bello, de lo limpio, aquellas que llevan dentro el germen de una artista, también las desdeñan, sin duda por ese espíritu alucinado y soñador que disuade á los artistas de todo lo útil. Acaso porque lo útil suele ser lo feo... ¡Niñas! Prolongad vuestra infancia lo más posible, porque la infancia es inconsciencia, y la incons ciencia alegría; no procuréis alambicar ei entresijo de las cosas; resbalad por lá vida. Para ser felices es necesario que nunca conozcáis la amargura de las cocinas; es preciso cj ue las cocinas sean siempre para vosotras un juguete. EDU. RDO Z A M A C C I S DIBUJO DE E S P I