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peidonarte. Habíame de tu felicidad como si viviera aún mi pobre Antonio. Cuando se sufren estas penas atroces, se halla placer en atormentarse. Doce días faltaban para que nuestra felicidad se colmara, y Dios me lo mató en pocas lloras y de tina enfermedad cuyo mismo nombre hiela la sangre: miserere. LUISA. ¡Es horrible, horrible! FiíRNANDA. Do habré merecido. LUISA. ¿Merecerlo tú, pobrecita mía? FERNANDA. ¡Quién sabe, Luisa! ¡Dios es tan grande, su justicia tan poderosa... En fin, me han dicho que tienes expuesto el trotisseau. LUISA. -Sí; en esas habitaciones... Pero ¿quieres verlo. FERÍTANDA. -Quiero verlo. No te asustes; soy fuerte. LUISA. -Entonces... vamos. (Pasan á un gran salón en el cual está exptícsto el ítroziSseaii í de Luisa, FERNANDA. -Preciosos encajes. LUISA. -Sobre todo, antiguos. Me los regala la tía Leonor; tú no la conoces, vive en orovincias. FERNANDA. ¡Muy bor. ita pulsera. LUISA. -Mi hermano Pepe, el pobre, con sus ahorros... Este collar de chicn es de mis padres. ¿no? pero lo que has visto mil veces. Te enseñaré los trajes que me regala Ricardo. FERNANDA. -Sí, sí; amos á ver los trajes. LUISA. -Este de paseo. ¿Qué te parece? FERNANDA. -Una preciosidad. Elegantísimo. LUISA. -Sí, no hará mal con aquel sombrero. Sin embargo, yo hubiese preferido un tono más claro. Mira éste de comida ó de teatro. Forma Imperio algo disimulada... FERNANDA. -Un verdadero primor. No exagerando la forma Imperio, resulta muy elegante y de una sencillez casi solemne... LUISA. -Aquí tienes el de boda. F E R N A N D A ¡E l d e ooda! (Se para delante de él. Lo iníra con fijeza se le contrae el rostro, solloza aljin y el llanto rued. aprecipitadamente de sus ojos) ¡I g u a l q u e el mío; igual que el mío! LUISA. ¡Fernanda, Fernanda, por Dios! F ERNANDA. ¡Era así, igual que ese! ¡Antonio de mi alma! ¡Mi muerto adorado! LUISA. ¡Vamonos, váinonos! Ven, abrázate á mí... Éter, tila... Fernanda, m. i pobre Fernanda, ni i das miedo. Solloza, llora como antes. ¡Mamá, mamá, Asunción! Pronto, pronto, vengan ustedes... (Fin de la escena primera. ESCENA II HAN PASADO DOS AÑOS L U I S A F E R N A N D A (en casa de Fernanda) FRRNANDA. ¡Espléndido! Digno de tu garganta. LuiSA. ¡Sieinpre tan buena! Camisas, enaguas, ropa blanca de todas clases, muy bien bordada, LUISA. -Ricardo no ha podido acompañarme. Está ahora tan ocupado con unos asuntos... FERNANDA. -Sí, sí, Luisa. Los hombres... Siento no presentarte á Federico; se acaba también de marchar... ¿Quieres ver mi trousseazt? LUISA- -Con mucho gusto. FERNANDA. -Entonces, vamos. (Pasan d un gran salón, en el czial está expuesto el troússeati de Fernanda. No vale nada; modesto, ya lo ves. Camisas, enaguas, ropa blanca de tocJas clases, m u y bien bordada, pero como la que has visto mil veces. Te enseñaré los trajes que me regala Federico. LUISA. -Sí, sí; vamos á ver los trajes. FERNANDA. -Este de paseo. ¿No te parece un poco obscuro? Lo elegí así... Me espantan todavía ¡a. -stelas m u y claras. LUISA. -Comprendo, comprendo. Este otro rosa pálido, de recepción, es una verdadera preciosidad. Forma Princesa, ¿eh? FERNANDA. -Sí, forma Princesa. No exagerando la forma Princesa... Aquí tienes el de boda. L U I S A ¡E l d e b o d a! (Separa delante de él. Lo mira fijamente, se le contrae el rostro, solloza al fin, y el llanto sale precip tadamente de szis ojos. I g u a l q u e el m í o igual que el mío. FERNANDA. ¡Luisa, Luisa por Dios! LUISA. -Tú le viste; era igual, ¡era igual! FERNANDA. -Tienes razón, Luisa; ignal era; lo recuerdo muy bien. ¿Pero por qué lloras, por qué te afliges de ese modo? Tu marido, tu Ricardo vive. L U I S A ¡V i v e! (Por sus ojos, ator nentados, pasa itna fíistorza, como una nube que rekmzpaguca. Contiene los sollozos, refrena el llanto, y dice, al fin, con- voz temblorosa) No ha sido nada, nada. Hoy estoy no sé cómo... ¡Fernanda, mi pobre Fernanda, abrázame; que seas dichosa! E L AUTOR. (Al maquinista. Maquinista, eche usted el telón. Pero antes vea si h a y en el teatro señoras casadas, y pregúnteles si no es cierto que, aun para las más afortunadas, el blanco vestido de boda tiene un no s é qué de hábito mortuorio. Hábito mortuorio de una pasión, de u n a felicidad, de un sueño... Y apenas le respondan á usted, abajo el telón, que h a y que montar otras decoraciones para la variadísima y pintoresca obra Cosas de la vida. JOSÉ D E R O U R E D I B U J O S DE MÉND 12 Z B R I N C A