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en la cabeza, y otras des, de menos importancia, cii el brazo izquierdo... eran las cruces ganadas por nuestro alférez en aquella pai- a él memorable acción de Sierra Bullones. ¡Y quién sabe si saldría aún adelante... El médico tiene alguna esperanza; la hermana de la Caridad, que atentamente vigila al enfermo, teme por su suerte, pero no desespera, aumentando, si esto es posible, sus cuidados, arreglando siempre con mucho arte las sábanas, la almohada, la sobrecama y tocando con sus manos delicadas la frente del muchacho. Este, entretanto, con la cabeza vendada, descubiertos los brazos, la respiración fatigosa y el rostro pálido, permanece inmóvil, casi muerto... Al mirarle, parece imposible que el pobre pueda contar su historia. Si respira más fuerte que de ordinario, la monjita sé levanta de su asiento, coloca su mano sobre la frente del enfermo, le contempla con tristeza largo rato, y después vuelve á sentarse á la cabecera de la cama para continuar á media voz sus oraciones: Dios te salve... Han pasado ocho días. jSru. e tro enfermo duerme tranquilo, y la monjita, con un libro entre las manos, reza... De tiempo en tiempo alza la vista, y al observar el sueño reposado y la normal respiración del muchacho, sonríe... Y ciertamente puede hacerlo; ella que tanto temía por la suerte del alférez, está ahora satisfecha, pues mejora rápidamente... Además, el médico anunció en su visita la desaparición del peligro. Despirés de un sueño de dos horas, el enfermo despertó, j al ver á la hermana de la Caridad, como siempre, leyendo el libro, exclamó: -Hermana, ¡qué buena es usted! ¿Por qué lo dice... -replicó la monja sonriente. -ír orque siempre que me despierto la encuentro á uísted rezando, y seguramente todos esos rezos son por mí, ¿no es verdad... Pues ahora no quiero que rece usted más, y como me encuentro muy bien, voy á distraerla un poco contándole el episodio por el que usted me cuida tan solícita... III- -Poco tiempo hacía, hermana, que recorríamos Sierra Bullones. Elevado el espíritu de las tropas por victorias anteriores, daba gloria marchar con ellas. Tan es así, que en uno de los descansos, lo recuerdo perfectamente, me sentí impresionado al ver que los soldactos bailaban y se abrazaban, pensando siempre en su patria y deseando terminar cuanto antes la lucha para volver ufanos á sus hogares, bien cumplido su deber. De mí, poco tengo que decirle: acababa de ganar, estudiando, la ansiada estrella y me habían concedido el cargo de abanderado del batallón. ¡Figúrese usted, hermana, mi alegría... Confieso francamente que no cabía dentro de mi ropa... Aquella bandera de seda confiada á mi guarda, apenas me dejaba dormir; sus colores, rojo y amarillo, sangre y nobleza de nuestra España, teníalos grabados cu mi mente con caracteres imborrables... La vida perdería con gusto antes que perder mi bandera... Y, sin embargo, la perdí... Verá usted cómo: Salieron moros y más moros entro los espesos jarales de la sierra; no es posible que usted se figure ctiántos, pues yo mismo estaba asombrado. El combate, como es natural, se empeñó en seguida: con brío y empiije por nuestros soldados, quizá con más empuje y bríos por parte de los moros. Sin darme cuenta, me vi rodeado por el enemigo... Con el revólver en una mano y la preciada bandera en la otra, defendíme cuanto me fué posible; pero dos golpes terribles dados por un moro con su gumía sobre mi brazo, hiciéronme caer, quitándome entonces la bandera y huyendo con ella. En un principio apenas podía moverme; así es que mi desesperación no tuvo límites... Miraba, miraba con ira al que me arrebatara la bandera de mi patria, cuando de pronto le vi caer en tierra, y saliendo de entre la maleza un oficial, uno de los míos, cogió al moro la bandera y corrió hacia nuestro campo. Aquello me tranquilizó por algunos momentos... Pero más tarde, cuando nuestras tropas iban cobrando ventaja 3 hacían que lentamente se aproximara el fin del combate, mi imaginación, despierta ya del asombro que en ella causaron los hechos anteriores, comenzó á trabajar, y mi conciencia me culpaba de haber perdido la bandera. Cierto es que la había defendido lo posible, y cierto que otro compañero mío la había recuperado, no existiendo, por lo tanto, pérdida para el batallón; pero también lo es que 3. o tendría que presentarme sin ella... Mientras yo me engolfaba más y más en estos pensamientos, el enemigo, cediendo al último empuje de los nuestros, empezaba á desbandarse con sus a r m a s y bag. tjes. JSTO sé lo que entonces pasó por mí, pues levantándome, corrí hacia él, decidido á llevarme una de sus banderas i) ara presentarla como satisfacción de la que me habían arrebatado... -Ignoro por completo lo que hice; sólo sé que momentos después llegaba jadeante y desfallecido ante mis jefes, conduciendo una bandera de los moros manchada en abundancia con mi sangre: la sangre que brotaba de esta herida de mi cabeza... DIBUJOS DE REGinOR JOAQUÍN USUÍTARIZ