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PERSONAJES ESTRAFALARIOS L descubrimiento de una nnijer, deja setentona, que en Sevilla durante treinta años ha sido guardia de Orden público y el de otra mujer, joven veintenaria, que en Madrid fué ocho días pctít- rouge de Madrid- Postal y ctros ocho ó diez mozo en el Asilo de Santa Cristina, han evocado el recuerdo de varias hembras varoniles que, en distintas épocas, con trajes de hombre, se han dedicado igualmente á labores impropias de su sexo Como es natural, la primera cj ue en España se ha recordado con tales motivos, ha sido la famosísima doña Catalina de Erauso, generalmente conocida con el nombre de La Monja Alférez. No es cosa de repetir aci ui su sabidísima historia, desde que huyó del claustro buscando más ancho campo para la satisfacción de sus gustos varoniles y de sus instintos aventureros, entrando en lances, y acometiendo empresas que le dieron universal celebridad. Aquella intrépida monja vasca, aquella formidable virago ha tenido lasuei te de que su autobiografía haya sido publicada en numerosas ediciones hechas en España y en el Extranjero, de que se imj an escrito é impresó infinitas relaciones de sus grandes hazañas y valerosos hechos y de que los sucesos de su vidaaventurera hayan sido llevados al teatro por renombrados escritores. Pero algo hay no tan popular y menos sabido, que bien vale la pena de ser relatado, ya que la actualidad hace oportuno el recuerdo. En 1630, La Monjet Alférez estuvo cn Sevilla cuando ya contaba cerca de cuarenta años y llevaba veintitrés de vida aventurera. El día 4 de Julio visitó la Catedral, y con este motivo, un curioso sevillano, D. Diego Ignacio de Góngora, que anotaba cuidadosamente los principales sucesos de su época, consignó algunas noticias referentes á tan singular personaje. Volvió á España, dice, fué á Roma, y el Papa Urbano VÍII la dispensó los votos y dio licencia para andar en iraje varonil. El Rey nuestro señor le concedió título de alférez, llamándola el alférez doña Catalina de Saraus, nombre qiie traía en los despachos de liorna. El capitán Miguel de Chazarreta la llevó por mozo años pasados á las Indias, y ahora, que va por general de flota, la lleva con el carácter de alférez. Habla después el Sr. Góngora de la relación de su vida, manuscrita, que compuso ella misma y él dice haber leído, presumiendo que la escribió por mandato ó insinuación del I apa ó del Rey y en da que refiere muchos y muy particulares episodios de su vida cn las Indias; pendencias que soátuvo, peligros que corrió, en los cuales manifestó el espíritu y corazón varonil que la animaba, y él desprecio en que tenía su sexo, que de veras aborrecía Yo, dice después, hablé con el P. F r. Nicolás de Rentería, religioso capuchino que murió portei- o en el convento de Capuchinos, de Sevilla, hombre ya muy anciano, que, siendo mozo y seglar, hatña estado en las Indias, en la provincia de Nueva España, el cual me dijo que había conocido á La Mojijcí Alférez en Veracruz, donde tenía una recua de mulos para llevar las ropas y mercaderías que traían las flotas á Méjico y tierra adentro, y bajar la plata que embarcaban los galeones, y que había realizado mucho caudal en este género de tráfico y ocupación. Por fortuna, sus empresas bélicas hicieron olvidar estas otras para darle apodo, porque es de suponer C ue el de La Monpi Arriero no hubiera sido tan á propósito para pasar á la historia como el de Zír MonJeL Alférez, aunque en éste lo militar y lo monjil parece que se dan de cachetes. Su estancia en Sevilla la dió tan extraordinaria popularidad, que un ingenioso escritor. Castillo Solórzano, que acaso andaba por allí en aquella fecha, encontró en ella materia para una de las picarescas Aventiiras del BaehUler J rapazn, novela impresa pocos años después.