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l IAKOX, ÍIsr kiEz años tenía Manolín cuando el señor marqués de Almancera le dijo an día: saá. t w -Vamos á ver, Manolín... ¿Quieres venirte á Madrid con nosotros? El niucliacho quedó como embobado al escuchar esta proposición, que respondía precisamente al único deseo de sus pocos años. Y dijo, más con los ojos que con la boca: -Sí, señor marqués... ¡A Madrid para siempre! Los padres otorgaron el oportuno permiso y besaron las manos de su protector, llorando de agradecimiento... Junto á él estaría el chico mejor que en su casa, y tal vez llegara á ser hombre deprovecho... ¿Cuál era su porvenir en el pueblo? ¡El mismo de su padre, el mismo de su abuelo, el mismo de sus parientes, el mismo de todos los que, no teniendo fortuna, han de vender su trabajo á los que la tienen! Labrar ajenas tierras por una mísera soldada, soportando las constantes inclemencias del tiempo... ¡Y todo para mal vivir, para perpetuar la miseria propia de la familia! Fuérase á Madrid en bendita hora, y que el cielo premiara al señor marqués por esta obra de verdadera caridad... Claro es que ninguna de estas ideas había entrado todavía en la tierna cabeza de Manolín... ¿Qué sabían de estas cosas sus diez años, únicamente empleados en los juegos y correrías naturales? No; su ardiente deseo de ir á Madrid y pasar allí la vida, no estaba contaminado por tales impurezas. Manolín quería marcharse con el señor marqués á Madrid ó más lejos, ¡donde él fuera! porque de ese modo viviría siempre al lado de Angelina, la compañera preferida de su infancia. El marqués de Almancera era del mismo pueblo de Manolín, Aldeanueva de Arriba, partido judicial de Peñaranda de Bracamente, en la provincia de Salamanca. De allí fueron sus ascendientes y allí radicaban sus propiedades. Amante de su tierra, en ella viviría siempre, de no impedírselo sus aficiones políticas, que en la corte le retenían y solicitaban. Pero en cuanto l; i estación canicular ponía en dispersión á los cortesanos, él se marchaba á Aldeanueva con su familia, y allí pa f saba todo el verano, prolongando su estancia muchas gjjjtf veces hasta después de la vendimia. dS El marqués de Almancera era un verdadero señor P J? en Aldeanueva; mas no como aquellos que en edades pasadas disponían de vidas y haciendas, consiguiendo por el temor el general respeto, sino al modo de los reyes buenos y sabios de los cuentos infantiles. Socorría todas las nriserias, trataba con llaneza á todo el mundo y se interesaba en los asuntos ajenos como si fueran propios. El mismo dirigía también su labor, visitando las tierras, ayudando á veces á sus criados y compartiendo su comida, á la que mandaba agregar entonces cualquier friolera y una. pinta extraordinaria. i- i í s Y en su casa, siempre abierta, nunca faltaba algo que dar á quien lo pedía. Por eso en Aldeanueva y en los pueblos del contorno se le quería 3 se le respetaba. De igual condición era la marquesa, y lo mismo que ellos, sus hijos, criados en la santa fraternidad social y al aire libre, lo que haría de ellos seres fuertes de cuerpo y de espíritu. Juanito y Angelina fueron siempre compañeros de todos los chicos del pueblo, sin otras limitaciones para su compañía q u e las razones de mayor ó menor simpatía que en el ser humano se manifiestan instintivamente. Fué la propia Angelina quien inspiró á su padre la idea de llevarse á Madrid á Manolín, á quien tenía afición desmedida por su buen carácter, por su constante docilidad á sus caprichos de niña mimada. Los muchachos eran de la misma edad, se criaron juntos ó poco menos, y ella aspiraba á tenerle siempre en su compañía, pues no se contentaba con las temporadas veraniegas. Manolín está en Madrid hace dos años. Le han puesto un flamante traje de hoiones, y se le emplea én suaves servicios. Pero su misión principal consiste en jugar con Angelina. Cada vez la encuentra más bonita; de día en día la tiene más cariño... Y cuando ella necegi ta presentarse á las visitas de la casa, sentarse a l a mesa ó dar lecciones de francés ó de piano, Manolín la contempla extasiado, ó escucha, detrás de las cortinas y de las puertas, su voz angelical... Manolín, hijo mió; cesa en tus entusiasmos y procura amortiguar la llama de tu corazón. Dentro de poco j- a serás un hombre, y Angelina una mujer. Terminarán vuestros juegos, el afecto de ahora tendrá que ser respetuoso por tú parte, por la suya tal vez indiferente, Acostiímbrate á esa idea, Manolín, y Dios quiera que no pases del primer acto del inconsciente drama... Sabe, hijo mío, que esa comunidad de afectos y de clases sólo se da en la infancia de la vida, en memoria de la infancia del aiiundo... Después, después... No olvides cuál es tu verdadero puesto, Manolín. ffl í r DIBUJO I. E MÉKHE 7. ERINGA AXTOXIO P A L O M E R O