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ii -ÍW í v e j J 1, 1 I I 1 I 1. d o n d e ejercía sit le él n o a t e u d i e s a I I K iravana de vaga, j, i. j, i j i i y enerable de luen gas y blancas barbas; una joven anémica, depauperada, quizá tísica; una mujer ya encanecida, acartonada, amarilla; un mono; una jaula de pájaros y un cajoncillo con ruedas, que arrastríiba un perrucho de lanas, y que era portador de un montón de guiñapos y cacliivaches viejos. Mr. Flyts los vio y, aunque habían pasado muchos años y ia miseria tran. sformado aquellos semblantes, reconoció en el acto á su viejo minero Samuel, á la mujer y á aquella niña que un tiempo codiciara. Juventud ya marchita por la acción, más que del tiempo, del hambre y las penas... El pastor Flyts sintió más cj ue nunca la necesidad de reparar faltas pasadas. Llamó á su casa, al jefe de la miserable caravana y le dijo: -Tú, que llevas- una vida errante, que habrás recorrido sin du- datodo el territorio británico, debe. conocer á Newcastle, y en ella conocerías la famosa mina hullera Nueva Belga y quizá en ésta tratarías á un obrero judío llamado Samuel... ¿Verdad? -Padre, fui á Newcastle, conocí la Nueva Belga y traté mucho al pobre Samuel. ¿Usted por qué lo pregunta? -dijo algo desconfiado el anciano, fijando sus ojos en el semblante del pastor, como tratando de descubrir un enigma. ¿Sabes tú si vive aún ese infeliz? -dijo Mr. Flyts. ¡Todavía vive, por desgi acia! -respondió el anciano, secándo. se una lágrima. -Pues vas á hacerme un señalado favor- -prosigrrió Mr. Flyts. -Hace tiempo que el dueño d é l a (Nueva Belga comparece ante Dios. Antes de morir me llamó, diciéndonie que si alguna vez se me presentaba oportunidad, hiciese llegar á poder do Samuel este sobre. Esto diciendo, sacó un pliego voiuníinoso de una gaveta, y, alargándoselo al anciano, continuó: -Te suplico que se lo entregues. Leo la honradez en tu cara, y en ti confío ciegamente. El viejo judío no sabía lo que le pasaba. ¿Qué pensar de aquello? ¿Era Dios, que al fin se presentaba... Trémulo, pálido, sin poder articular una sola palabra, cogió el sobre, lo guardó en un saco que colgaba en bandolera de su cuello, besó con efusión la mano del pastor y fué á reunirse con su caravana, prosiguiendo á los p cos instantes el camino de D 0l. ge. l3- Habían andado un kilómetro; espesos pinares flanqueaban el camino. En medio de aquella vegetación hicieron alto. Entonces Samuel contó lo ocurrido, y abriendo el pliego, encontró diez billetes de cien libras, con una tarjeta que decía: En premio de su virtud, á Sarah Jaffat. Su amigo, Plyis. -i Samuel tiró aquel escrito y dinero, como si le quenia. ran las manos; -No, de ninguna manera- exclamó; -sería indigno aceptar nada de semejante hombre. Ese dinero pa ece que es el precio de una honra 110 vendida. ¡Quiero seguir mendigando, arrastrando mi miseria! ¡Esas libras están envenenadas; debo quemarlas! Así diciendo, apiló hojarasca y ramas secas, las prendió fuego y echó entre las llamas los Ijilletes y el escrito. Un humo azuloso se desprendió del incendio, y aquellas espirales parece que iban escriisiendo en el aire: Dignidad, honor. Cuando Samuel vio reducido á cenizas aquel capital, siguió el camino con su caravana, exclamando: ¡lín este momento me parecen estos andrajos hermcsísimos, y el mendrugo que como, exquisito! ¡Kosé qué gran bienestar siento, qué holgura, qué confort en mi pobreza... Nubes de espeso polvo se levantaban tras la miserable comparsa, ocultándola por completo. Los pájaros posados en las ramas de los pinos, únicos testigos de aquella escena, creyérase que entonaban en sus cantos un himno solemne á la santa honradez y dignidad del hombre... Dir; IMns ME unGiríCU VALDO A N D R A D E Y LARREGÜI