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J t i, ir VI A- de die un ho fano I Alp A- í Fiyts, se le encaprichó aquella preciosa nina. Era hija de uno de sus obreros y dio por hecho que la niuchaclia era suya. Pero bien pronto pudo convencerse que de aquella familia S lo le pertenecían los brazos de Samuel. Intentó quitar los obstáculos con la poderosa palanca de su dmero, pero también se engañó: la virtud de la joven no se vendía por ningiin precio. Ilabía pobreza, hambre, frío, carencia de todo, pero buen caudal de honradez. Mr. i- iyts se indignó ante aquella resistencia. ¿Ouién ha visto, decía, esa rebelión de una gacela Flyts se contra un león? Te atreves ¡oh pobre oruga! á declararme la guerra? Pues la acepto con toda el alma. Desde este momento comenzó para Samuel un verdadero calvario. Lo destinaron á las iiltinias galerías, donde el trabajo es más penoso y, los peligros más inminentes. Cre 3 éras 6 que Mr. Flyts buscaba la muerte del pobre judío como medio de apoderarse de la hija. Así lo comprendió Samuel, y un día, hcirto de fatiga y con el alma llena de negrura, se presentó en el escritorio del amo, diciéndole: -Sea usted noble, coja un cuchillo y máteme de frente, pero no encomiende mi muerte á la mina, esperando que el grisú ó un desplome quite el estorbo de enmedio. Mr. Flyts, auncjue soy pobre y miserable, tengo honor. El amo no contestó nada; tocó una campanilla, y dijo á un criado que se le presentó: -Haz sa. lir á este hombre inmediatamente. Se ha insolentado coamigo y no lo quiero en nri casa ni un nmiuto más. Ya lo sabes, Samuel, estás despedido de la Nueva Belga ¡Sin patria, hogar ni pan! ¡En medio del arro 3- o por no querer vender la honra de su hija! ¡Pobre hombre! ¡Llegaría el invierno con sus tristezas, y no habría en aquella árida covacha ni un mendrugo! Pasaron los días; la miseria fué estrechando más y más á aquellos infelices. Todo se había vendido menos el honor Hasta los camastros en que dormían habían desfilado. ¡Se batían en la última trinciiera, iban á ser arrojados del sucucho! En tales circunstancias, recibió la hija de Samuel una carta de monsieur Flyts en la que le proponía hacerla poderosa, librando de la miseria á todos. ¿Qué náufrago que se ve hundir rechaza el salvavidas? Pues la joven no lo aceptó y prefirió perecer. El pobre Samuel, irritado por el asedio de la desgracia, perturbado algo por la hostilidad de su suerte, hubo momentos en que halló elocuencia en la voz de la dinamita. Pero felizmente, aquellas fueron- ráfagas fugaces provocadas por momentos de intensa desesperación. Pronto se manifestaba su natural bondad. Otro hombre hubiera tramado un crimen, una venganza horrible; pero la conciencia del honrado judío rechazaba la idea de verter sangre humana. Era necesario, sin embargo, terminar radicalmente el inicuo asedio. Un día cogió Samuel el sombrero, un palo en forma de cayado, y dijo á su nrujer é hija que le siguieran. Se alejaron de Newcastie por el pedregoso camino que conduce á Marpeth. Marchaban silen- ciosos, cabizbajos. ¿Adonde irían? ¿Qué sería de ellos? Estas angustiosas preguntas se iba dirigiendo el espíritu abatido de los bohemios. ¡Dios parecía haber emigrado del cielo de aquellos infelices! Una negrura opaca lo cubría todo. ¡Inspiraba ideas de muerte la Naturaleza entera! Pasaron los años; la Nueva Belga se agotó. Mn Flyts, hastiado de la vida, habiendo apurado la copa de todos los goces, extinguidas sus energías, con el pelo casi blanco, en esa hora crepuscular pensó en Dios como piensa el náufrago en la playa. Sintió levantarse su conciencia reprochándole las infamias del pasado, concluyendo por abrazar el estado sacerdotal como medio de enmendar el aj er borrascoso con un hoy ejemplar puro. ECl pastor I lvts era un modelo. Todos convenían en c ue aquél era un ángel disfrazado. En la