Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
El hombre circunspecto volvió á fruncir la boca, abatiendo los párpados. -Diez duros os doy por ella, rapaces. Hubo unos dimes y diretes, y á la postre Xuanín logró hasta 15 duros, con que volvieron á su casa de prisa, para comer, á fin de llegar á tiempo á la corrida de la tarde. Miguelin no había visto nunca una corrida de toros. Lleno de ansiedad y emoción brincaba en un tendido hora y media antes de comenzar la fiesta. Xuanín era un inteligente; había visto ya dos corridas y tres novilladas. La tarde estaba gris 3- triste. A intervalos asomaba el sol, tendiendo una luz lívida y siniestra por el redondel. El viento soplaba fríamente, y hacía remolinos de papeles y arena á una parte del ruedo. Cencerreó la charanga, y las cuadrillas salieron fastuosas y multicolores, avanzando frente á la presidencia con aire de tristeza y de tedio, los brazos colgantes, los pies casi á rastras. A Miguelin le gustó sobremanera el despejo. Vibró el clarín, abrióse el chiquero, y el primer toro irrumpió en la plaza, fuerte, ágil y frenci. j. co. Encaróse con un caballo, arremetió con él, lo corneó, lo destripó, lo pulverizó. Miguelin, llevándose las manos á la cabeza, preguntó á su primo: ¿Y van á facer esto con Margarita ¡Ay, Dios! -Tu yes fatu. ¿A ti qué te importa, hom? El pobre muchacho no tuvo ya momento de tranquilidad pensando en la suerte de su Margarita, la cual no apareció hasta el quinto toro. Verla Miguelin, y ponerse de pie en su asiento, con lágrimas en los ojos y gesto de espanto, todo fué uno. jl af- wrítóM 1 (7 re 2 2 -gritaba con su vocecita ingenua y cariñosa. ¡Tira á esi hombrón que tienes enriba de ti! ¡Tirálu! ¡Tíralu! Non sabes lo que te van á facer... En la plaza se levantó una tempestad de alaridos y risas. Miguelin continuaba gritando, sin darse cuenta de lo que en torno suj o acontecía. La j egua inclinó el cuello hacia la parte donde se encontraba su zagal, tendió hacia él la cansada y noble cabeza, miróle con su ojo único- -que el otro le tenía cubierto con un trapo encarnado, -miróle con una dulzura y serenidad, que parecían decir: ¡Calla, tontucio, que ya sé yo lo que me hago! Entonces el jinete la encaminó hacia el toro. Resistíase Margarita; el picador clavóle el acicate en la tripa, que se ensangrentó, ü n tnonosabio, con un vergajo, la cruzaba las ancas. Margarita escondió la cabeza entre los brazos, arrodillándose de súbito, de suerte que el picador vino al suelo de bruces, haciendo un ruido seco y feroz. ¡Así, así, Margarita! -gritaba Miguelin. Auparon al piquero, que, con determinado y furioso ademán, la cabalgó de nuevo. El público reía del gracioso incidente. Cuantas veces intentó el picador enfrentarse con el toro, otras tantas vino al suelo de narices, merced al hábil manejo de Margarita, que salió incólume del inminente peligro. Abíinal de la corrida, Miguelin fué al patio de ca ballos, encaróse con el empresario, y díjole: -Tome los cuartos y déme la yegua. -Lo que voy á hacer yo es darte cuatro azote. gandul. El chico, poniendo arisca la cara, repitió, con vo ronca: -Tome los cuartos, y déme la yegua. -Tómala, hombre, tómala. Al verla de nuevo en su poder, la colmó de caricias. -Llévame hasta Oviedo en ella- -dijo Xuanín. -Súbete. Los dos primos, á rebalgas sobre l a y e gua, catjalgaron entre la batahola de la muchedumbre, que los contemplaba y son- reía. Recogíase la luz tras de los montes, y en la carretera, bajo los negrillos, había una sombra densa, poblada de murmurios y cascabeleos. La lluvia comenzó á golpear sobre el follaje. -Non sé cómo rompiste la venta- -murm u r ó Xuanín. El aldeanito no respondió, -Yes fatu j es fatu. RAJÍÓN P É R E Z D E AYALA DiniIrOF! DE MÉNDEZ BRITfG A