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soñolienta; en el establo, junto á un potro galán, insolente y áíscolo, ó en la pradera, si el día era sereno, buscando el sol, en la. aniiganza y rústico trato de una manada de vacas que pastoreaba un zagal, hijo de Anselmo. Este zagal llamábase Miguélín, y tenía grande cariño y respeto á la anciana Margarita, cuya pulqtiérrima blancura relumbraba en la paz sombría del terruño, sobr los tersos prados, entre la roja pelambre de las vacas; por eso la habían puesto, ya hacía abondo. tan -floreciente nombre. Una mañana, el 21 de Septiembre, día de SanMateo, que es patrón de Oviedo, dijo Anselmo á su hijo: -IVIiguelín, ¿quies dir á Ovieu? El garzón por toda respuesta comenzó á dar cabriolas y brincos estupendos, á tiempo que lanzaba terribles alaridos de júbilo. I -Güeno, güeno. Que te vista tu ma. En un periquete estaba INÍiguelín pulcro j adobado por las manos maternales, con su ropilla acuchillada en posaderos y codos de paño verde, y su boina roja. n- -Ahora móntate en Margarita. En veinti menutos estás en Ovieu. Tu 3- a sabes á la calle de la Vega, á casa de tu tío Celipe. Que te lleve Xuanín á la plaza- de los toros, y á ver si vendéis la yegua pa un picador. ¿Entiendes? Anselmo sacó al noble animal á la corralada. Miguélín de un salto encaramóse sobre el lomo, que cedía blandamente como si fuera de lana blanquísima, y m u y despatarrado tomó el camino de Oviedo por la carretera, cabalgando con aire gentil. Por aquella parte el paisaje es arriscado, taciturno, partido aquí y acullá por hendeduras y grietas. El camino serpea entre peñascos y escobios, ó p o r et borde de barrancos y abismos, descendiendo en agria pendiente hasta la ciudad. A la espalda corre la crestería de los puertos, de un azul acerado con escamas de nieve. A la asomada del rostro, las estribaciones de la cordillera se articulan cada vez con más blandura; los montes se truecan en montículos, en oteros de rotunda suavidad, como avezados al comercio de los hombres, que han prendido sus viviendas en valles, recuestos, cimas, j u n t o á la serenidac de las praderas ó entre el boscaje de castaño; y robles. El cielo estaba sombrío y fosco. Recios coágulos plomizos andaban de una á otra parte, tropezándose y fundiéndose, de manera que, en ocasiones, abrían una resquebradura por donde manaba u n a franja polvorienta que iba á proyectar, á lo lejos, un manchón luminoso sobre el campo. En la cumbre de las lomas, tuV pidas breñas de genciana en flor recamaban los terrenos eriales de esplendor amarillo. Migaelín, a p o c o de caminar, asomó por lo alto de la barriada de San Lázaro, en donde se establece la feria de ganados. En el aire temblaba confuso clamor de voces y relinchos, á que hacía hondo contrapunto el mugir aquejado de vacas y ternerillos. Aunque trabajosamente, Miguélín pudo r o m p e r p o r entre la muchedumbre de animales y personas- -labriegos y otros hombres de gitanesco y atezado rostro, -y penetrar, orondo y risueño, por la puerta Nueva Alta. Atravesó las calles, llenas de gentío, y llegó á la de la Vega, á casa de su señor pariente D. Felipe. El rapaz explicó lo que por allí le traía. Xuanín, su primo, un pihuelo de población, enredador y- avisado, de que le oyó, prestóse á ser su consejero y guía, y cabalgando entrambos sobre la cansada vieja, salieron á la carretera de Buenavista con rumbo á la plaza de toros. Llegaron allá poco antes del apartado. Xuanín avistóse con- el empresario de caballos y dieron principio á las negociaciones! El empresario, que andaba en compíñía de unos hombres glabros y circunspectos, comenzó por manifestar con notorio desdén, ofensivo para Miguélín, que una yegua no valía para el caso, por no sé q- aé historias que pudieran acontecer y que el aldeanillo no entendió. Eos hombres circunspectos fruncieron la boca y bajaron los párpados. Entonces el empresario dijo: -Vamos á probarla. Trajeron una silla de montar, complicadísima y voluminosísima, que encasquetaron á la pobre vieja. Uno de los hombres glabros y circunspectos montó encima, y con un palo de extraordinaria longitud, más grueso que una pértiga, empezó á apoyarse en la pared, azuzando al propio tiempo á Margarita en los ijares. ¿Sirve? -preguntó el empresario. W