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v i- Aí r r JUGUETES. IV. MUÑECAS TBORO las muñecas; las muñecas son buenas, alegres, graciosas; sus boquirritas de carmín, llenas de candor, tienen reflejos del mañana riente, perfumes de bogar, rumores de amor. fa- iM Ellas simbolizan la pasión á los hijos; todos desearíamos que nuestros hijos fuesen como muñecas, pues nadie quiere que lo que ama cambie ni envejezca. Asi, para expresar que un niño es tnuy bonito, decimos: ¡Parece una muñeca... Las inuñecas son los hijos ideales, siempre limpios, bellos y elegantes; los hijos que siempre serán buenos porque nunca llegarán á hombres; los hiios que no se enferman, que no se mueren, que no se van, que no nos dan dolores... El arte ha dedicado á este juguete maravilloso todos los primores de la indumentaria, todos los refinamientos señoriles de la coquetería y de la elegancia: botitas de tafilete, medias caladas, trajecillos de terciopelo ó de seda, sombreros aparatosos de actriz, exornados con lazos y plumas flameantes. Ea humanidad femenina, desde las clases más avillanadas y humildes hasta las damas de mayor viso y aparato, aparece retratada en las muñecas: hay Peponas carirredondas, de ojos inexpresivos, con zapatitos y calcetines y rubios cabellos, groseramente pintados sobre el cartón de sus cuerpos plebeyos, repletos de serrín; hay baturricas y montañesas de bustos redondos y colorados refajos, y valencianitas vestidas con el pintoresco atavío de su región, y niñas con trajes deie s y semblantes lindísimos, orlados de apretados bucles; y hay también princesitas Watteau que accionan, siguiendo el ritmo pausado de una ca. ia de música, inclinando el cuerpo para saludar, acercándose un espejo al rostro como para complacerse de su propia belleza, volviendo después la empolvada cabecita á otro lado con un ademán lento y autoritario de distinción irreprochable. Y muñecas de pupilas brillantes, cuyas cajitas, al ser destapadas, parecen cunas; y otras que cierran los párpados y parecen muertas... Como las mujeres se divierten con sus hijos, así las niñas juegan con sus muñecas; las cogen en brazos, las sientan sobre sus rodillas, las besan, las llevan de paseo y fingen desesperarse, asegurando que aquella muñeca, que tantos cuidados exige, es muy traviesa Por las noches las desnudan, las cunean para dormirlas y luego las acuestan en sus camitas doradas, con mosquiteros de muselina... Y es á la vez triste y bufo ver cómo la inocencia bromea con el pecado. Para las niñas que aún ignoran por qué los ruiseñores cantan de noche, una muñeca es un presentimiento; para el sociólogo, una lección, la seguridad de que en la mujer, de todas las pa. siones, el amor á los hijos, acaso por ser el último, es el más firme. Eas muñecas que divierten á la infancia, suelen servir de consuelo á muchas esposas. En los hogares sin hijos, las lindas muñecas de trajecillos blancos y sombreritos rojos, ocupan, junto al piano, lugar preferente: allí están con sus cabelleras de ébano ó de sol, sus sopladas mejillas de iisctdt, los largos ojos pardos donde fosforea su alma muda, la nariz chatilla, los labios de grana, los bracitos que siempre parecen abiertos para recibirnos. Por las tardes, cuando el marido está ausente, en esas horas crepusculares en que los recuerdos parecen caminar por las almas, de puntillas, la esposa, sin saber por qué, mira á la muñeca; la seducen sus manecitas extendidas, sus pupilas grandes, su semblante rosado, donde la habilidad del artífice inmovilizó un gesto de vida y de gracia; y, sin poder contenerse, se levanta, la coge, la besa, la mece, y sus ojos se llenan de lágrimas, pensando en los hijos que no han llegado. Todos hemos jugado á las muñecas, eternamente risueñas y frescas. Ellas son las hijas de las niñas, como éstas son las muñecas de las mujeres, como las mujeres son las muñecas de los hombres ingratos. Pero sólo ellas, ellas que no cambian, que no encanecen, que no sufren la caricia asesina del tiempo, son admirables. ¡Pasiones de juventud! -Por qué no crüstalizásteis para ser siempre lo que fuisteis... ¡Mujeres que conocimos hermosas! ¿Por qué no fuisteis, vosotras también, inmutables como muñecas? EDUARDO Z A M A C O I S DIBUJO DE REGIDOR