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LA SEÑORITA DE BURLETE, VOTA N Londres anda estos días muy revuelto el bello sexo, de mitin en mitin, con la pretensión de que se le reconozca, lo mismo que á los hombres, el derecho de emitir su sufragio en las elecciones. I as inglesas están decididas, por lo que se ve, mejor dicho, por lo que se lee, á intervenir en la cosa pública francamente, en buen hora se diga. Aquí aún no hemos tenido el gusto de ver á las señoras pedir semejante gollería, y fuera de las doncellas de servicio, que se han asociado para todo, no tengo idea de ningún movimiento femenino sufragista. Hasta ahora no existe en España sucursal de las stifragistas inglesas, y es lo más seguro que en nuestro país la cosa no arraigue. Y es natural. En ííspaña, donde la obra de educación y cultura de la mujer necesita todavía de andadores, donde apenas si el hombre puede emitir con libertad su voto, ¿cómo concedérselo á las mujeres, que no están preparadas para el goce de ese derecho? Ocurrirían escenas m u y graciosas, en las que el factor de los celos jugaría un papel importantísimo. Un novio á su novia: ¿Dónde vas esta tarde, Salomé? -Al colegio, á votar á Félix, que se presenta diputado. ¿A Félix? ¡De ninguna manera! Yo no puedo olvidar que ese hombre ha tenido relaciones contigo cuatro años y un día. ¡Qué tonto! ¿Qué tiene eso que ver? Yo le voto porque se presenta con el apoyo de las señoras del entresuelo, que son del comité del barrio. -Bueno, pues si le votas, hemos concluido. -Como quieras. No tienes que meterte en mis ideas políticas. Si eso haces de novio, ¿qué no harás cuando seas mi esposo? Final de unas relaciones por el dichoso voto de la mujer. ¡Como si no- votásemos los hombres por ellas en muchas ocasiones! ¿Qué influencia en las electoras no causaría una candidatura de buenos mozos, con sus correspondientes retratos al pie del manifiesto electoral? ¡Decisiva! Eas repartidoras de papeletas en la entrada de los colegios, serían las primeras propagandistas. ¡Señorita, vote usted á éste, que es un real mozo, y aquí, en confianza, está niuertecito por usted. ¿Qué joven resiste á la tentación? ¡Ya tienen ustedes comprometida la libertad de sufragio ¿Y las peleas entre madre é hija sobre materia electoral? ¡No votes, criatura, á ese lagartón de D. Silverio! ¡Mira que tu madre ve largo, y en cuanto pasen las elecciones, D. Silverio no se acuerda de ti! Conozco su martingalita. En todas las elecciones hace lo mismo. ¡Con decirte que á mí, á tu madre, se atrevió á declararme su amor, nada más que por sacarme el voto! Para las feas, sería el derecho de sufragio un derecho para el galanteo. ¡Cuántos concejales y diputados recorrerían casa por casa, poniendo los ojos tiernos, derrochando piropos, por horribles que fuesen las electoras! ¿Y el instante solemne de llegar ante la urna una joven acompañada de su mamá? -Da señorita X, que por cierto es muy bella- -diría con agradable gesto el presidente, -vota con admirable gracia. Y una sonrisa de gratitud del elegible premiaría el voto de la joven. Por supuesto, ¿quién era el guapo que se presentaba con derecho á ser elegido, siendo elector el bello sexo, de los cincuenta para arriba? Miá el tío viejo éste- -es posible que dijera alguna chulona, -á sus años queriendo ir al Ayuntamiento! Pues como no vaya más que con mi voto... ¡En seguida se lo voy á dar yo! Yo votaré á don Remigio, que es un moreno que hay que decirle tres veces ¡ole! Y con la chulona, todas las del taller de plancha votarían por D. JK. emigío. Si turbulentas y escandalosas son en día de elecciones las cuadrillas volantes de barrenderos, guardias y demás individuos efectivamente del sexo feo, ¡calculen ustedes lo que ocurriría con las cuadrillas volantes que se organizaran con verduleras de la plaza d é l a Cebadal ¡Un día de luto en Madrid! ¡Cualquiera les negaba el derecho á votar las veces que quisieran y en donde les pareciese! En fin, no creo que entre nosotros cuaje el sufragio femenino. ¡Pero ¡ay! si cuajara, amiga Colomhine! DIBUJO DE SAKOHA LüIS G A B A L D O N