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mi sensibilidad exacerbada por la deformación profesional, p, or esta aguda curiosidad de vida humana y de análisis psicológico que padecemos cuantos sentimos la novela. 11 Antes que el iijier acabara de emitir la frase sacramental Audiencia pública la multitud arrobadora inundó la sala. El Tribunal ocupaba el estrado y el acusado el banquillo; el calor era irresistible; la ansiedad expectante del público electrizaba la atmósfera, como efluvios de tempestad cercana. Los preliminares de rúbrica y hasta un grave discurso del Ministerio público, ahogáronse en el hervidero de la muchedumbre impaciente. Todos ansiaban ver al procesado, y á empujones, puñadas y bufidos, ganábanse y se perdían los primeros puestos. Arrastrado por el gentío, sumado á él, palpitando con su misma curiosidad frenética, sentíame fluctuar medio asfixiado entre la marejada viva. ¡Por fin logré ver á Juan Romero! Era un hombre como de apenas cincuenta años, de mediana estatura y bien proporcionados miembros; de color blanco en la frente, protegida de continuo por el haldudo pavero; tostado en el resto de la cara, curtida por nuestro sol africano; de crespo y recio pelo gris que sobre 1 -íí -t V v- syirff 1 ii t f fia- w la frente argenteaba en mechón revuelto; de espesa recién afeitada barba, que bañaba su mentón eu tinta cenicienta, y de tan robusta y bien equilibrada contextura, que se le veía pisar las lindes de la vejez con una fisiología joven, pero sorprendida al improviso por el ra 3 o de una catástrofe que le envejecía por horas el alma, y le agobiaba casi visiblemente el cuerpo. ¿Verdad que nos acontece cansarnos el esfuerzo ajeno, dolemos el dolor de otro y turbarnos la turbación de alguien? Así sucedía con la desgracia de Juan Romero. El procesado se levantó, revolvió los vivos ojos de campesino, hechos á avizorar de lejos y bajo el sol, abrió los labios, pero no habló, y el público respetó aquel silencio, apacentando su curiosidad en la contemplación del presunto asesino. Bastaba mirarle para sentir que aquel hombre paladeaba ajenjo, mascaba acíbar, tragaba hiél; la amargura que se desleía en su boca y se filtraba á su sangre, inoculando su ser entero, exhalábase de él, mezclábase al aire, difundíase por la sala, penetraba en los pulmones y empapaba las conciencias de cuantos ávidamente esperábamos su palabra. ¡Alfin iba á hablar! Rompía á háblar igrá. iico modismo! -la palabra subió de lo hondo, luchó con lo inefable, quebró reparos, rasgó rubores, perforó resistencias y surgió cristalina, temblorosa, pura como el golpe de agua que brota de la peña. ¡Así surte del alma la verdad! Y la verdad es algo que se completa en nuestra conciencia, donde, sin duda, tenemos de ella presciencia misteriosa. IvO cierto es que el alma de las muchedumbres tiene la intuición de la verdad. De pie, con firmeza y esfuerzo supremos, hablaba aquel hombre. -Es de ley, de obligasión y de consiensia que yo declare aquí la verdá ante la justicia der mundo y ante la é Dios... ¡Pues ahí va! La verdá es que yo, Juan Romero, honrao como lo fué mi pare y como quiero que lo sean mis hijos, yo que á naide quise mal ni soy capá dejase daño á u n a j o r m i g a maté á Pedro Chamiso.