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que estén en medio de oración, para que Apolo se vuelva loco. Hace días encontréle pensativo, y me soltó estas palabras: -A mí lo que me perjudica es que en Stolíolmo no se hable castellano, porque, en las traducciones, mis versos pierden mucho. A p r e n d e el sueco- -le dije. -No creas que estaría mal pensado. Voy á ver si no es muy difícil, y como llegue á dominar la lengua, rae marcho á Suecia. -Harás perfectamente. Así, de paso, podrás tomar el verdadero aceite de hígado de bacalao, que buena falta te hace. I,o s aspirantes poéticos al premio de las pesetas polares, son insufribles. 1,0 digo por el que acabo de presentaros en segundo lugar. En cambio, el tercer postergado que conozco es muy alegre muchacho, y ¡cuidado que no tiene motivos para serlo! Ha enviudado dos veces. La primera mujer le dejó dos niñas gemelas y una tía vieja á quien cuidar. La segunda le encargó que atendiera á su madre por toda la vida, y la tercera, que es la actual, le ha metido en casa dos hermanitas, capaces de agotar la paciencia á un santo. Mi amigo vive con las niñas, con la tía, con su segunda suegra y con sus cuñadas del alma, lo ciial que no sé cómo vive. Ayer me encontró en la calle, y echándome las manos al cuello, me dijo: -Sonríete de Roosevelt. -Ya me sonrío algunas veces- -le contesté; -pero ahora ¿por qué me lo dices? -Porque es un vivo que se ha llevado un premio Nobel que me correspondía á mí. ¿De veras? ¡Ya lo creo! El de conservación de la paz universal. ¡Vaya una gracia! Conservar la paz entre las naciones, que generalmente tienen miedo á la guerra, no es mucho mérito. En mi casa le quisiera yo ver con mis parientas. ¡Allí sí que es difícil tener un día tranquilo! -Escribe á Suecia haciendo valer tus derechos. -Si supiera que iban á ir mis cuñadas á llevar la carta, con mucho gusto. Tiene razón mi amigo. El premio de la paz le ganan á menudo gentes desconocidas que almacenan en silencio enormes cantidades de paciencia y resignación. Y vamos con el cuarto sujeto, el más famoso de todos ellos. Se llama Serafín, y me vendió el otro día un pañuelo de seda en la pequeña tienda de telas donde presta sus servicios como dependiente. ¡Buen pañuelo se lleva usted, picarón! -me dijo con esa amabilidad debida al parroquiano. -Sí, Serafín; no es malo. ¡Quién sabe si será el último que yo le venda á usted! ¿Te vas á morir? -No, señor; pero si el año que viene me llevo el premio Nobel, no necesitaré despachar, ¿Pero tú aspiras... ¡Anda! ¿y p o r q u é no? Ahora se le dan á cualquiera. Ya ve usted, este año se le ha llevado un tal D. Santiago. Yo no sé quién es, pero dicen que se lo han dado porque entiende mucho de tejidos. Y de eso entiendo j o como el primero. ¡Pobre Serafín! ¡Pobres aspirantes á los premios Nobel! ¡Estos sí que son. Palomero amigo, famosos obeieros: DlnUÍOS DE SANCHA LUIS Dli T A P I A