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del planeta, de quien no se conocía sino la especie y el sexo. No diría más su cédula personal, si la hubiese tenido, que tampoco la tenía por falta de edad. Y por tal condición natural, poseía el dereclio (verdad es que no poseía más que el derecho sin el hecho) de su parte de planeta, como la planta del terreno que ocupa, el pez de su agua, la fiera de su cubil, y todos de su pasto, aire y luz. ¿Pero qué valía el derecho al miseraoie rapaz, recogido por misericordia, alimentado de limosna, vestido de harapos y criado para el trabajo con que él ayudaba á su salvador, pobre labriego que, con no menores afanes, vivía del terruño arrendado? Juanón labraba el maizal y la pumarada y el huertecillo, que no eran suyos; pero al fin del año, pagada la renta, guardaba en el hórreo su grano y sus legumbres: todo aquello era suyo. El rapacín regaba la hortaliza que no era suya, segaba el maíz que no era suyo, cogía las manzanas que no eran suyas, guardaba la vaca que no era suya, sin conocer jamás el sentimiento de la propiedad ni el cariño de lo que se engendra ó cría por nuestro poder y acción. ¡Qué feliz sería poseyendo uno de aquellos hermosos castaños que sombreaban la fuente donde él llenaba la herrada! No hubiera necesitado hurtar las castañas ni apearse de prisa del árbol, con riesgo de sus costillas, para que no le sorprendiera el dueño de la heredad. Una mañana, cuando el labrador echaba el maíz en el surco, Pachín se atrevió á esconder entre su ropilla no más de media docena de granos, caídos del costal donde iba la semilla. ¿Para qué los queríai Se había acordado de un lebrillo, arrumbado por inútil y roto en la corraliza de la casuca. Y luego que volvió á ella, llenó de tierra el lebrillo y allí sembró los granos. ¡Con cuánto amor los regó después, poniéndolos en el paraje más abrigado del corral! ¡Y con qué alegres esperanzas visitaba su labor todos los días! Tendido de bruces junto al tiesto, lo miraba horas enteras para ver si ya despuntaba su sembrado, 5 muchas veces deseó remover la tierra para saber qué pasaba dentro de ella y por qué se retardaba el nacimiento. Poriin, cumplido el tiempo de la gestación y cuando acababa de regar, vio destacadas del haz de la tierra dos puntas tan tiernas y menudas, que sólo el cuidado y la esperanza pudieron divisarlas Eran dos de las seis. ¿Y las otras cuatro? Pachín pasó cuarenta y tres horas de anhelos, contadas con la exactitud que cuenta la impaciencia. Toda una noche, todo un día y otra noche con su buena mañana, hasta que al volver de la misa mayor, pudo observar distintamente una tercera puntita. Al atardecer asomó la cuarta, hermana meuor y última de la generación. No brotó más semilla. Pachín miraba y remiraba, y tocaba blandamente la superficie de su sembrado por si el tacto descubría lo que la vista no alcanzaba. Fué inútil; la simiente había sido sepultada para siempre antes de nacer. El desconsolado rapaz lloró la pérdida de la tercera parte de su cosecha. Pachín seguía dedicando sus horas de descanso á la contemplación de las plantas, observando su crecimiento, como antes esperaba su brote. Sentía entonces la curiosidad de ver cuándo y cómo asomarían á la vida. Sentía ahora amor, verdadero amor á aquellos seres ya vivos. Medía cien veces su altura, como se mide á un hijo para calcular su desarrollo. Pasábales la mano por el frágil tallo y por las nacientes hojas, á manera de caricia paternal. Todo era mudar el lebrillo, ponerlo al sol cuando hacía frío, ponerlo á la sombra si el sol picaba demasiado, ponerlo al abrigo si el viento soplaba con fuerza. A pesar de tales cuidados todavía murió una planta antes de granar, y las tres restantes crecieron pobres y raquíticas; no tenían la tierra suficiente para sus raíces. Pero el muchacho era feliz, aunque con la merma natural y el amargor propio de la felicidad, que es el miedo de perderla. Pasó el invierno con el temor de las heladas; llegó la primavera con la alegría de la florescencia; corrió el verano y vino pronto la sazón del fruto y el placer de la recolección. Ya estaban señalados los días de las faenas: el de arrancar las panojas, el de deshojarlas y el de desgranarlas. Todo había de ser solemne. Y lo habría sido si no sucediera que, en día aciago, la vaca suelta no se adelantase á cosechar para sí, comiéndose á un descuido las mazorcas con grano y hojas 5 una buena parte del tallo. ¡Qué desconsuelo el de Pachín! ilaldecía á la vaca á pesar de amarla, aunque no tanto como á su minúsculo maizal. Quiso matar al bicho, y lo matara á no temer que el amo hiciera lo mismo con él. Y tanto gemía y lloraba, y tan honda fué su tristeza, que el buen hombre, temiendo que el mozo enfermara, le dijo: ¡Tanto desconsuelo por tres malas yerbas medio hueras que no te darían para tres bocados de borona! -Verdad, verdad, ¡pero las había criado yo! -También yo crío todo ese maizal grande, j me lo come alguna vez la vaca, y otra me lo hiela el aire del puerto, y otra me lo seca el sol, y no me desespero por celemín más ó menos. ¡Ea! ¿que has perdido esas panojas? Pues toma veinte de las mías para que calles. -Bien, bien, ¡pero esas son de usted y aquellas eran mías! Pachín tenía razones que ni él acertaba á explicar ni el aldeano á comprender. lyO que allí lloraba y gemía no era la codicia del fruto, burlada por la desgracia. Gemía y lloraba el sentimiento de la propiedad y la paternidad, instintivos aun en aquel solitario hijo del camino, sin padres, ni bienes, ni propiedad, ni esperanza de que le llegase heredada, pues no tenía parentesco ni con vivos ni con muertos. E U G E N I O SEEIyÉS D I B U J O S D S MEDTNM V E R A