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L apañador va gritando por las callejas: Coinpone. r somirillas y paraguas! Hay tin silencio profundo en la ciudad vetiista; toca de tarde en tarde una campanita lejana de alguna iglesia; los recios portones de las casas están cerrados; sobre los uinbrales reposan los anchos escudos. ¡Componer paraguas y sombrillas torna á gritar el apañador; un perro pasa junto á él y! e husmea un momento; luego prosigue su marcha indefinida, sin rumbo. El apañador continúa march; ndo también lentamente, un poco triste. Esta ciudad parece muerta. ¡Compotter sombrillas y paraguas! g rita de nuevo nuestro amigo; suenan á lo lejos los martillos de una herrería; bajo el ancho alero de un caserón se abre una ventanita, se asoma á ella una vieja y chilla: ¡Eh, eh, apañador. El apañador entonces se detiene y mira á todos lados; no ve á nadie ni en las puertas ni en las ventanas, z ek, apañador! toma á chillar la viejecita; el apañador levanta la cabeza, la ve y dice: ¡Qué quiere usted? Ea viejecita le dice que espere en la puerta, que ella bajará á abrirle, y nuestro amigo se acerca á la ancha y noble portalada y espera un momento. Cuando la viejecita ha abierto la puerta, el apañador y ella sostienen un breve diálogo; lo que esta buena dueña quiere es que el apañador componga un paraguas; el apañador, por su parte, está dispuesto á componerlo. El paraguas es un viejo paraguas. ¿Cuántas generaciones habrá cobijado este paraguas? Ea viejecita y el apañador entran en una vasta estancia; ya casi no hay muebles en esta sala. Se ve en ella una vieja cómoda, un poco inclinada, lamentablemente inclinada, porque le falta un pie; hay también unas sillas desfondadas, rotas; se e también un fanal de vidrio resquebrajado con un niñito Jesús al que le han quitado las lentejuelas de su traje; están colgados asimismo en las paredes algunos cuadros negruzcos sin marco. El apañador se sienta en una silla y comienza á ejercitar su oficio; la viejecita, sentada también en una sillita baja, le mira hacer en silencio. Un rato llevan los dos en esta guisa, cuando se oye allá en lo interior de la casa una voz que grita: ¡Leonor, Leonor! I eonor, que es esta dueña, va á levantarse para acudir al llamamiento, pero en el mismo instante aparece en la puerta de la sala un caballero. ¡Ah! -exclama este caballero. ¿Están componiendo el paraguas? Ea viejecita no dice nada; el caballero se pasa la mano por su barba canosa y larga; está pálido y su traje se ve lleno de manchas y descuidado. ¿Se quedará bien el paraguas? -preg unta el caballero al apañador. -Muy bien- -contesta éste; -como si fuera nuevo. ¿Como si fuera nuevo? -repite el caballero con un gesto de duda. -Lo que usted oye- -replica con firmeza el apañador. Este apañador es hombre de convicciones firmes. ¿Cuánto tiempo hace que él va por el mundo? ¿Cuántas cosas ha sido? ¿Cuántas vueltas y revueltas ha dado por caminos y por posadas, y cuántos altos y bajos ha tenido su vida? El viejo hidalgo le contempla en silencio; él no ha salido de su vetusto caserón; ya sus tierras han desaparecido; han desaparecido hasta los muebles de su casa; él no hace nada; él tiene una mirada triste y larga; él dice cuando cae sobre él una desgracia: ¡Quéle vamos d hacer! El paraguas que acaba de componer el apañador, ¿es que ha de guarecer á los descendientes de este hidalgo? No; la estirpe que fué gloriosa un día, se acaba en este pobre hombre. El apañador ha cumplido su misión y sale á la calle; acaso la viejecita le dice al caballero que la compostura del paraguas ha costado tanto y que en casa apenas queda dinero para la comida de la noche. ¡Qué le vamos d hacer! dirá tristemente el caballero. Y en la calle, al mismo tiempo, se oirá la voz del hombi e errante que grita: Componer sombrillas y paraguas! AZORÍN DIBUJO DE J. ARIJÍ