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máb holgadamente que en Madrid; pero los paletos, que vieron en los señores forasteros una mina que explotar, les cargaron la mano en la cuenta de los comestibles, por donde llegaron los cónyuges otra vez, en el pueblo, á la escasez, al hambre, á los eternos apuros, á la fiera lucha entre las necesidades y los escasos medios para satisfacerlas. Los únicos que ganaron en el cambio fueron los cinco niños que tenían, tres varones y dos hembras, de trece años el mayor, que en plena libertad tomaban del aire y de los campos los elementos que necesitaban. Cierto día, al caer de la tarde, regresaba el matrimonio de una de sus cotidianas excursiones, cuando vieron que por la carretera venían, á manera de rebaño, levantando densas nubes de polvo, gran cantidad de rapaces y rapazas, con las azadillas al hombro, sucios, sudados, andrajosos. Se apartaron á un lado dejando paso á la piara, como decía D. Diego, y cuál no sería su asombro, al ver que de las entrañas de aquel hormiguero se destacaron cinco arrapiezos, tan repugnantes como los otros, exclamando á gritos: -Papá, mamá; venimos de escardar... Nos han dado un real á cada uno, Ya tenemos para pan y chorizo... A Pepín le han dado cinco céntimos por cuidar del botijo del agua. A í j, í- Los padres se indignaron grande V- inr í v mente y hubo voces y gestos y á s íí aquello de: ¡Mis hijos escardando! ¡Qué vergüenza! ¡Confundidos con esta chusma... A los pocos días, D. Diego y su espo. sa vendiéronla casa por lo que quisieron darles, que no pasó de cinco mil reales, y se trasladaron nuevamente á Madrid. lira preciso hacer de las ninas, señoritas; de los niños, caballeros, para que pasearan por las calles la dignidad de la familia y el decoro de la estirpe. Pero los pobres niños, después de haber aspirado los aires libres de la aldea, al verse constreñidos á padecer el confinamiento de un cuarto interior en cierta calle estrecha. Comenzaron á palidecer y á enfermar, y cuando, agotados los cinco mil reales, que fué muj pronto, sintieron nuevamente los efectos de las comidas cortas y los ayunos largos, la muerte, la horrible muerte, llamó con mano brutal en la casa de D. Diego, y pereció un niño y otro después. Hambriento, desesperado, loco, sólo harto de sufrir y padecer, humillado constantemente por el desdén de sus amigos, qué le huían temerosos del sablazo; sin auxilio, sin consuelo, como un náufrago en medio deV bullicio social, lleno del remordimiento que le causaba la muerte de sus hijos, el pobre D, Diegolloraba una tarde tumbado en el viejo y perniquebrado sofá de su sala, mientras su esposa, ve. stida para salir, aguardaba gravemente que se levantara su marido. Entonces Pepín, tropezando coir la cola del vestido de su madre, cayó al suelo con estrépito, llorando, y como Beatriz no levantase al muchacho, le preguntó D. Diego: ¿Por qué no levantas al niño? -No puedo- -dijo, ella, -tengo el corsé puesto y me es imposible bajarme, ¡El corsé! -exclamó con voz dramática D. Diego. -Eso es lo que nos pierde; tú tienes un corsé y yo tengo otro; el corsé de una falsa caballerosidad donde llevo embutido el cuerpo, y que no. sólo me impide trabajar, sino lanzaros á todos, como era mi deber, á la co 7 tqziista del pan, y aquí nos suicidamos eir este inmundo cuchitril, entregando á la anemia y á la ociosidad estos brazos que pudieran ser útiles á los demás 3 útiles á nosotros mismos, mientras permanecen atados por las ligaduras de necias vanidades y falsos convencionalismos. Nuestros hijos, cuando volvían de la escarda, nos dieron en el pueblo la fórmula de la vida, y nosotros, por ser caballeros y grandes señores y criarlos á ellos para estos empleos, los hemos conducido al cementerio... Y hablando de este modo, forcejeó con su mujer hasta quitarle el corsé á viva fuerza y lo echó á la calle, exclamando: ¡Ese es un símbolo que estorba! ¡Yo también desecho ei mío! RAFAEL TORRÓME DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA s- í