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i oe kfñ IV? ILJME: CO 3 ON la barba descansando en ambas manos, los codos apoyados en la enorme mesa de trabajo, casi totalmente cubierta de libros y cuartillas, y los ojos clavados en el techo, como queriendo que la mirada lo atravesase para subir más alto, meditaba el filósofo, solo en el polvoriento gabinete, adonde no llegaban los más tenues rumores, como si una legión de ideas, escapándosele del cerebro, hubiera ido á formar en la entrada inmaterial barrera, no franqueable para el murmullo vano de la prosaica humaniaad que bullía afuera. Pensaba... ¿En qué. Algo grande y puro brillaba en su frente que transfiguraba al obrero de la inteligencia. Tal vez soñaba en mundos ideales, donde el amor y el bien siempre reinasen; acaso, acaso, en un de- j lirio sublime de genio, vio al mismo mundo i miserable que habitamos apretar sus moléculas, empequeñecerse, ir poco á poco sepultándose en su cabeza, entreabierta para recibirlo, y brotar otra vez regenerado, noble, sin odios ni maldades. Sí. uso soñaba. Al fin, como impulsado por una fuerza irresistible, comenzó á hablar. No le escuchaba nadie... Pero ¿qué le importaba? El bien, la caridad, la luz, vendrán al cabo; correrán los tiempos, sentirán los hombres, y cuando allá, en siglos remotísimos, el Ángel del Progreso tienda sobre la tierra sus irisadas alas y se confundan la humanidad en un pueblo, el pueblo en una familia, la familia en un ser; cuando aprendan los niños á ser viejos, habrá amanecido el gran día. Y volvió á callar. Y en el silencio augusto del gabinete empezó á sentirse un rumor tenue, confuso, dulce, como si aletease sobre la blanca cabeza del anciano el Ángel del Progreso que soñaba. Y el sabio pensaba y el rumor crecía; y ya no era blando batir de alas, como el vuelo de i ¡m ángel, sino alegre reír de niños, como el trirro de un pájaro. De pronto se escuchó el ruido vigoroso, potente; se abrió de par en par la puerta c bn estrépito, y en un torrente de luz que iluminó la estancia aparecieron envueltos dos chiquitines rubios, alegres, juguetones, que saltaron al cuello del abuelo y empezaron á besar aquella vieja frente que arrugó el estudio. ¡Soltad, soltad; no seáis tan locos- -exclamaba el sabio, -que tiráis los libros! ¿Los libros? ¿Tienen estampas? -No. ¿Y para qué los quieres, abuelito? No tieí en muñecos; ¡yo quiero un muñecol? Y yo, y yo. -Vaya, dejadme, que estoy estudiando. ¡Estudiando! ¡Pues si tú no vas al colegio; tú eres grande! ¿Quién te pregunta la lección... ¿Mamá? Sonrió el filósofo, y no supo qué contestar. -V) e adme, dej adme- -repetía maquin almente. ¡Que no! Yo quiero un muñeco. Hoy no se estudia, es domingo. Hazme el muñeco ó lloro. -Y vo también lloro. ¡Que no se estudia, ea! Y Pepillo, el más chico, antes de que el anciano pudiera evitarlo, agarró un volumen, le arrancó una hoja, y presentándola sonriente al abuelo, mientras le daba un beso en la mejilla, dijo: -Ten papel; empieza. Absorto ante la irreverencia, tomó el sabio el libraco y vio aquellos ejércitos de líneas, ante los cuales tantas veces pensó en el bien del hombre, en la regeneración del mundo, en la luz que vendría. Allí quedaba el título arrugado por la mano del nieto: Zo í. r Allí estaba su fórmula, su idea: Los niños hechos viejos. No se le ocurría decir nada; pero allá, muy dentro de sí, en el fondo de un alcázar sin figura, que quizá él no llamara alma, sintió brotar algo confuso, como una revelación, como u n a sospecha... y apretando nerviosamente, temblorosamente, entre sus manos la hoja impresa, como un autómata Iba doblándola y arrancándole pedacillos, y dándole una figura imperfecta, grotesca, ridicula, pero humana... Y cuando, terminada la tarea, vio á sus nietos batir palmas y reir satisfechos, rió él también mucho, mucho, como si tuviera seis años; acabó de destrozar el volumen para hacer más hombres; y, á medida que los iba engendrando, reía más, más, como si columbrara por única redención de la humanidad una fórmula más santa, un ideal más puro; s m ¡Los viejos hechos niños! JOAQUÍN DIBUJO DE J. F K A N C É S LÓPEZ BARBADILLO