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-Aguárdate á la noche. Espero que me manden el importe de ese recibo... ¡Pero si es urgente! -replicó suplicante la pobre madre. Y volviéndose á mí, juntando sus manos estropeadas por las faenas domésticas: 0 h, qué desgracia... ¿No sabe usted? ¡El pobre niño está á punto de quedarse ciego! Hubo una pequeñísima pausa, suficiente, á pesar de su pequenez, para albergar el espantoso drama... Enrique comentó aquellas palabras angustiosas con estas otras de amarga resignación; ¡Después de todo, para lo que hay que ver... Me heló la sangre tan horrible blasfemia. Pero hallé su justificación y su disculpa en el inmenso dolor de aquel padre que se creía impotente para apartar la desgracia del más puro desús amores. Hicele el ofrecimiento de mi modesta ayuda, qué fué aceptado tras de heroicas apelaciones á nuestra vieja amistad, á nuestra antigua comunidad de bienes, á nuestro consuetudinario intercambio de penas y de alegrías... Y salí á la calle verdaderamente conmovido... Eas palabras de Enrique zumbaban á mi. alrededor, como avispas enfurecidas. Quizá por ellas me pareció la vida más hermosa que nunca. Y como si quisiera rectificarlas á cada momento, parábame á contemplar cosas y personas con la. extática curiosidad de un provinciano. Era precisamente una de las más bellas tardes del incomparable otoño madrileño. Ni una sola nube manchaba el azul tranquilo de los cielos; descendía el sol enviando á la tierra sus rayos tibios y suaves como caricias esperadas, y en el ambiente sereno y de transparencia cristalina adquirían los objetos una fuerte y extraña corporeidad. Me interné en el Retiro, como de costumbre... Gusto de apurar los días autumnales en largos paseos solitarios, por sus tranquilas calles de árboles añosos en perenne verdor. Me aventuro á veces por sus senderos bordeados de violetas, para sorprender á los dichosos seres que enlazan discretamente sus manos y sus voces en la grata penumbra de los rincones. Y otras veces me acomodo en el banco rústico de una plazoleta, viendo saltar y correr á los niños, mientras un guarda barre las hojas secas que conservan el color y la rigidez de la muerte. ¿Necesitaré de; ir que los monólogos de mi pensamiento eran aquella tarde comentarios á las palabras dé Enrique... Encontraba más bello el escenario bañado por la dulce calma de los cielos, iluminado por las hebras solares que atravesaban por entre las ramas y por entre las hojas, volcando en la arena sus somb Pas de capriciiosos dibujos. Y hallaba una hermosura nueva en las mujeres y una gracia especial en los niños, y más animados e interesantes los grupos; Yo también, ágil de cuerpo y sei- eno de espíritu, me sentía acometido de un regocijo íntimo y sin causa. Aspiraba con fuerza, y espaciaba mis ojos y ritmaba mi paso al son de una vieja canción disparatada y juvenil... ¡Sentía la alegría de vivir... ¡Esa sensación voluptuosa que irradia de la Naturaleza cuando nos estrecha en sus brazos maternales y nos transmite los esplendores de sus fecundas renovaciones! Una voz dolorida me distrajo, sin lograr ahuyentarme la alegría; antes bien, afirmándola por completo... ¡Que esta satisfacción propia al vernos libres de la desgracia del prójimo, es una prueba inconsciente del egoísmo humano! Era un pobre viejo, arrodillado en el suelo, con la grasienta gorra en la diestra, que solicitaba la caridad de. las gentes, conmoviéndolas con su ceguera. ¡Tengan compasión de un pobre ciego... ¡Santa Encía bendita les libre de esta desgracia... ¡No hay prenda como la vista. Le arrojé presuroso. unas monedas, como si ttiviera prisa en aprobar con mis actos su declaración, que era un resumen sencillo de mis palabras interiores... Y continué gozoso mi camino... Me hallaba frente al Ángel Caído, y era la hora clásica del paseo de coches. Como siempre, confundíanse en la larga fila los carruajes de todas clases, y en ellos las gentes de toda condición y de todo linaje. Madrileño permanente, recordé en seguida sus nombres y sus historias... ¡Me avergüenzo al confesarlo... Sentí en aquel momento ese pérfido deseo del contraste que anima tantas producciones literarias, y á CU 3 0 sólo empleo deben su fama ciertos autores dra, máticos, de cuyas obras no quiero acordarme... Vi á este político venal, varias veces ministro, que tapa sus vergüenzas con el amplio manto de la administración f pública; y al impuro representante del país, que inipi- tr dio con su voto lucrativo una reforma beneficiosa; y I- al usurero vil, que se nutre de la inocente sangre; y á i ésta, mariposa del amor, que agotó tantas bolsas y tantos corazones; y aquélla, pequeña Mesalina, que no necesitó de una ley del divorcio para faltar públicamente á sus deberes; y á este payaso que cobra como un actor; y á esos rebuscadores del tnnrestre que usurpan la vida espléndida que merece e! ingenio... Y junto á ellos, los que decoran con falsas apariencias su triste posición; los que derrochan el fruto here dado de una existencia laboriosa: los que presumen- s A y los que cazmi; los que tratan de engañar á todo el í í í wí mundo, sin pensar que ellos sun los engañados... í Una sincera indignación llevó á mis ojos miradas j -y- de rabia y relámpagos de ira, ante el espectáculo de ij Í! SÍ todas las liviandades en triunfo... Y me alejé de prisa, suspen ís 5; fe ív í diendo de improviso mi paseo... En mi corazón sentinientr. 10. ideas se acometían con furia de enemigos irreconcih a cs. á mi alrededor danzaban siniestras las palabras que tanto me impresionaron aquella tarde: ¡No hay prenda como la vista... ¡Para lo que hay que ver... ANTOKIO P A L O M E R O DIBUJOS DE MÉNDEZ RRINGA