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Pero donde los pormenores de aquella tragedia produjeron naturalmente mayor impresión y confusión más grande, fué en la casa del presidente de la Audiencia que había enviado aquel fatal presente, que aún había de causar más graves daños. El ignoraba por completo el extraño contenido afrentoso de aquella empanada, que á su vez le había regalado su médico, hombre serio, religioso, prudente é incapaz de ofender con injurias, ni siquiera de molestar con bromas. Además, la esposa del presidente era una respetable señora que frisaba en los setenta años, y que si entonces por su edad estaba libre de maliciosas suposiciones, aun en su mocedad no pudo ser blanco de la maledicencia, porque siempre había sido dama invulnerable por su ejemplar conducta y por su fealdad no menos ejemplar Buscando la solución del enigma, cada vez más intrincado é inexplicable, acudióse al galeno, que, participando de la natural extrañeza, nada pudo aclarar, porque á su vez había recibido la empanada como obsequio de un fraile con quien tenia antigua y estrecha amistad. El doctor, que era solterón recalcitrante, hizo con su manifestación todavía más incomprensible el misterio; pero como por el hilo podía darse. con el ovillo, el hilo llevó al presidente y al galeno á la c. elda del fraile, á quien interrogaron acerca de la procedencia de la empanada. Kl fraile se hizo cruces al enterarse de todo lo ocurrido, y juró y perjuró que él desconocía lo que contenía la empanada, que le había mandado una monjita y que él había mandado á su buen amigo el doctor, porque sabía que era hombre aficionado á los manjares exquisitos. Presidente, médico y fraile salieron juntos y presurosos con dirección al monasterio, donde la monjita tenía su clausura... y allí se aclaró todo. Tratábase sencillamente de una inocente broma que la candida sor había querido dar al fraile, cosa que en aquellos tiempos nada tenía de sorprendente ni de extraña. V S n tanto, el pobre licenciado, tan dichoso antes cuanto infeliz entonces, esperaba en un obscuro calabozo el momento en que había de cumplirse la sentencia de muerte á que había sido condenado. Ni gestiones de unos, ni influencias de otros, ni suplicas de todos, lograron salvarlo del patíbulo, adonde llevó, con el consuelo de saber que su esposa había niueito inocente, la mayor amargura de comprender lo injusto de su frenético arrebato. Los días, que estuvo en el calabozo, hasta aquél en que le fué cortada la cabeza, sólo pidió que le llevaran allí su loro y un ejemplar del Quijote, que siempre tenía sobre la mesa del despacho. Cuando después de la ejecución, el presidente, cumpliendo la última voluntad del licenciado, entró en el calabozo para recoger el loro y los libros, encontró la segunda parte de la inmortal novela abierta por el capítulo XLVil, y en él subrayadas con sangre estas frases que el maestresala de la ínsula Barataría dice á ¡Sancho; Vuesainerced no coma ae todo lo que está en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y como suele decirse, detrás de la Cruz está el diablo. El loro, con la cabeza baja y el plumaje erizado, se columpiaba en el aro de su jaula, repitiendo sin cesar, con voz ronca y desapacible: -Lorito, ¿eres casado? ¡Ayayaj queeeé regalo. Fiíi, iFE PÉRKZ Y GONZÁLEZ D U í O J O S DE M E U I N A VEli- V