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CUENTO V E R Í D I C O I mediados del siglo xvii vivía en Granada un hombre que era todo lo feliz que se puede ser i en este picaro mundo. EVH Tenía juventud, talento, posición desahogada y salud á toda prueba; un apellido ilustre que le daba consideración y prestigio; un carácter afable que le proporcionaba simpatías generales; una carrera, la de abogado, en que lograba frecuentes triunfos por su elocuencia, su rectitud y su saber; una esposa, más 1 oyen que él, linda, graciosa, honesta, que correspondía con verdadera adoración á su inmenso cariño, y un loro que de América le había traído un primo de su mujer, y al que había cobrado afecto grandísimo, porque el animalito era notable, asi por la belleza espléndida de su plumaje como por su locuacidad y su viveza. Rezaba con voz gangosa el Bendito y el Trísagio; chillaba con acento infantil el Yo no quiero ir d la escuela... -gritaba, con tono de contramaestre, el ¡A babor! ¡á estribor... cantaba, con estilo picaresco algunos versos á. t z. jácara de Escarramán, y sobre todo, con oportunidad encantadora, cuando veía juntos á los enamorados esposos saboreando con sus palabras y con sus miradas las dulzuras de la luna de miel, repetía con graciosísima cadencia: -I orito, ¿eres casado? ¡Ayayay, queeé regalo! IT El venturoso licenciado granadino aumentó sus triunfos forenses con uno señaladísimo, que le valió entusiastas plácemes de sus colegas, afectuosos elogios de los magistrados, y, como distinción sin ularísima, un obsequio del presidente de la Audiencia. Sentado á la mesa, al lado de su bella y amada consorte, se hallaba el licenciado refiriéndole los pormenores de su triunfo, que más aún que á él la enorgullecía, y haciéndola con ello partícipe de su legítima satisfacción, cuando llegó un criado del presidente con el mencionado obsequio, que muy á tiempo llegaba, por tratarse de una magnífica empanada inglesa de pan de azúcar, con toda la cubierta nevada. lístimaron los esposos el inesperado regalo, manifestando su gratitud con las palabras más corteses; despidieron al criado dándole una buena propina, y el licenciado apresuróse á partirla empanada, (pie por su excelente aspecto estaba diciendo: ¡Comedmel Kl loro, que en el comedor estaba columpiándose en el aro de su jaula, como si quisiera celebrar también el presente, lanzó de pronto su frase favorita: -Ijürito, ¿eres casado? ¡Ayayay, queeé regalo! III Como el hipócrita Mongibelo que, según la frase del poeta, nieve ostenta, fuego esconde la empanada de pan de azúcar y nevada cubierta, ocultaba algo que había de amargar á aquellas dos almas dichosas, produciendo el fuego devastador de los celos y dando ocasión á la trao- edia más lastimosa, espantable é inesperada. Dentro de la empanada sólo había dos pequeños y retorcidos cuernecitos de carnero, dorados cuidadosamente y adornados con lazo y cintas multicolores. El licenciado, que á fuer de andaluz y de granadino, si era de carácter afable y jovial, era también impetuoso, vehemente y celoso hasta la exageración, ahogando un sordo rugido, fijó en su esposa una mirada inquisitorial, porque su desvarío le hizo olvidar en aquel momento las muchas pruebas que de su amor y de su honestidad tenía. La sorpresa paralizó la lengua de la infeliz señora; la vergüenza hizo asomar la sangre á su rostro y la indignación agitó sus músculos con temblor nervioso; pero las que eran señales claras de su inocencia, parecieron pruebas evidentes de su culpa al enloquecido esposo, que de píe y teniendo aún en la mano el cuchillo con que abrió la funesta empanada, acabó de cegarse, hundiéndolo hasta el mango en aquel corazón de que era único y absoluto señor y dueño. En aquel trágico momento el loro repitió con su voz más ag uda y chillona la frase consabida: -Eorito, ¿eres casado? ¡Ayayay, queeé regalo! IV AI correr por Granada la noticia del suceso, iba dejando por todas partes rastros de asombro, de confusión, de espanto, de compasión y de pesadumbre.