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E S C E N A F I N A L D E LA O P E R E T A O R D E N D E L REY) EL S R VALÍ E Y LA S R T A F O N S E N U N A ESCENA D E E L G U A N T E A M A R I L L O encantadoras muchachas que lucen en El guante amarillo sus íntimos encantos, porque, ¡caray! también han puesto lo suyo, y con suerte, hay que reconocerlo. En el Gran Teatro, Granes y Polo han desempolvado una vieja opereta en tres actos, que ellos han reducido á uno, con el título de Orden del Rey. I a cosa supo al público á rancia, y la música, de Giraud, refrescada por Calleja, no fué suficiente á mejorar el gusto. Loreto, que tiene muchos admiradores, entretuvo á la gente con sus cosas, y Chicote sacó buen partido de su papel. Mucho se esperaba en la Zarzuela de la opereta El diablo verde. I os éxitos obtenidos por Perrín y Palacios en obras de ese corte, como El húsar de la guardia y Los hokemios, así lo hacían esperar; pero el público falló desfavorablemente, y El diablo- verde no hará SUS huesos duros en la Zarzuela, á pesar de haberse presentado con espléndida mise en sceney haberlamusicado los maestros Jiménez y Vives, con el buen gusto característico de esta razón social. La Comedia inauguró su temporada con una de las obras más intensamente poéticas de Rostand, Les Romanesqiies. Tirso Escudero tuvo una feliz corazonada al encargar á Antonio Palomero de servir tan sabroso y exquisito manjar en la escena española. Rostand no podía hallar un poeta español que por t ¡i. 5 Kí ¡i 4 r i i i m, j ¿i C U A D R O P R I M E R O D E LA O P E R E T A E L DIABLO V E R D E E S T R F N A D i E N E L T 5 Í T P O D E I A Z A P 7 U F L A