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LO DESCONOCIDO ENGO un recuerdo extraño de Valladolid. ¿Cómo nos figuramos las ciudades que no liemos S J Í isto jamás? ¿Por qué Musset, que no había estado nunca en Madrid, ve en él una porción de señoras Icng- voiles bajando por sus escaliers bleus? No lo sabemos. Yo he llegado á Valladolid á las doce de la noche; era en verano; el tren se detiene media hora bajo la ancha techumbre de la estación. En todas las estaciones provincianas que están propincuas á la vía, veréis siempre señores qué salen á esperar el paso del tren, lindas mrichacliitas que avizoran las ventanillas, acaso un eclesiástico, tal vez- -como en Albacete- -el propio gobernador civil. En Valladolid la noche de mi cuento había paseando por el andén una multitud de espectadores; yo noté un grupo de militares, y una señora gruesa, vestida de negro, un poco provecta, un poco cansada por los años, pero todavía boyante, apetitosa. Las luces de los focos eléctricos lanzaban una claridad mate, fría; se oía el ruido de las diablas y de las plataformas giratorias. En estas e. staciones, si el tren hace una estada muy larga, la conctirrencia que ha venido de la ciudad se va marchando poco á poco antes de la partida del convoy; se cierra también el puesto délos periódicos; los viajeros suben á sus coches, y durante nn momento, por los andenes solitarios, silenciosos, muertos, sólo deambulan dos ó tres rezagados, con gestos de laxitud y de aburrimiento. Esto sucedió la noche que yo pasé por Valladolid. En el andén paseaba la señora gruesa, precipitadamente, arriba y abajo; yo no sabía lo que pensar de esta señora, cuando un grupo de tres personas llamó mi atención. Eran tres señores como todos; ni viejos ni jóvenes; ni bien vestidos ni mal vestidos. Pero los tres paseaban en silencio, fumando sus cigarros y llevando en la mano sus bastones. Yo fui detrás de ellos durante un breve trecho; de pronto vi que se pararon y que uno de ellos decía; Aquí ya está visto todo. ¿Nos vamos? Vamonos contestó otro. Y los tres se dirigieron hacia la puerta de salida y se perdieron á lo lejos. Y yo digo: ¿quiénes eran estos hombres? ¿Qué vidas eran las suj as? ¿Qué casas eran las suyas en esta bella y desconocida ciudad cuyas lucecitas se veían titilear á lo lejos? Hay grandes hombres c ue nos causan una impresión profunda; los hemos admirado de lejos; hemos leído sus obras ó hemos oído contar sus hazañas, y luego, cuando los vemos, su imagen queda para siempre grabada en nuestro cerebro. Pero hay otros hombres obscuros, que no son nada, cuyos nombres no conocemos, pero que entrevistos una vez én una estación, ó en una oficina, ó en una vieja fonda de pueblo, parece que nos hacen experimentar una sensación mucho mas intensa que la que sentimos ante los grandes hombres: la sensación trágica de lo vulgar y de lo desconocido... DIDÜJO UE REGlUOií. AZORIN