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despiden, que se indignan y golpean cuando -J el espíritu está irritado, ó por el contrario, rai; zonan y acarician si está contento, tienen, neJ cesariamente, más alma que otra parte cualquiera del cuerpo... Y las manos de Ricardo i me insinuaron no sé qué furtiva revelación. I Su figura, como llevo dicho, no me interesó; su voz se parecía á la de otros hombres; su conversación era vulgar. No obstante, sus manos, (jue sabían dar á las frases baladís colorido y relieve mágicos, me aseguraban que aque; espíritu disimulaba méritos y profundidades de pensamiento que los labios, por falta de ocasión ó cálculo prudente, no decían. Poco á poco fui sintiéndome atraída y como f fascinada por la euritmia impecable del joven -c i de los guantes grises. ¿Cómo tendrá las ma I, nos? -pensaba; ¿cómo serán sus dedos... Taimadamente, la idea de que él llegara á prendarse de mí, iba invadiéndome, adulándome con la ilusión de que aquellas nobles manos que debían de ser tan terribles en los raptos de cólera, como persua. sivas y gaiteras en las horas de amable esparcimiento, habían de moverse suplicantes alguna vez delante de mí. El tiempo transcurría y yo continuaba absorta. Mi buen padre, que lo advirtió, dijo: r V ¿En qué piensas? Respondí: En nada Pero seguí observando. Por mi imaginación pasó desencerrada una cabalgata de quimeras. Recordé las manos flacas, llenas de dolor, de esos y ángeles que rezan á la entrada de los mausoleos; y los dedos, laboriosos y mansos, de aquellos artífices florentinos que realizaron sobre el marfil y el mármol milagros de paciencia; y recordé también las manos tristes de esas castellanas altivas que vigilan, como almas precitas, en el hollín de los viejos cuadros; y las manos belicosas, calzadas con guantes de ante, que los caballeros medioevales olvidaban sobre la empuñadura de sus dagas; y comprendí á Petrarca, el divino, enamorándose de I aura- 4 porque tenía las manos bonitas... Al mes siguiente, mi familia regresó á Ma drid, y Ricardo, que había conocido la expresión benévola de mis miradas, supo aprovechar la primera ocasión que se le ofreció de ser presentado á mi. Aquella noche llevaba guantes de color tabaco. Cuando nos despedimos me dio la mano, y la leve presión de sus dedos prodújome una especie de momentáneo desvanecimiento. La condesita se detuvo para hacer un gesto, uno de esos guiños amargos que nos arranca el recuerdo del tiempo perdido, y continuó: -Ya mis relaciones con el marqués iban muy adelantadas; ya tú, Mercedes, y tú también, Eugenia, hablabais de mi boda y rebuscabais lo que habríais de regalarme en ese día señaladísimo... Cuando, una tarde, Ricardo empezó á enumerar las excelencias mías, morales y físicas, que más le habían cautivado. Fué tu cuerpo- -decía- -lo que primero me interesó; fueron tus ojos, que, al detenerse en mí, llenaron mi alma de luz; fué tu voz dulce, insinuante, en la que hay frescuras y murmurios de brisa. Tu espíritu, más tarde, acabó de rendirme... Mientras hablaba, yo perseguía obstinadamente el vaivén de sus manos. El marqué- s, en todo tiempo y á todas horas, llevaba guantes; era su manía; yo misma no pude sorprenderle nunca con las manos desnudas, y este misterio me irritaba. Deseando, sin duda, escuchar alguna frase amable, Ricardo preguntó: De mi persona, ¿qué te gusta más? Contesté resueltamente: Eas manos. El repitió, suspenso: ¡Las manos... Bajó los ojos un poco avergonzado, y su turbación fué para mí cruel, como una puñalada, porque rae dio la seguridad de que las tenía feas. Esta sospecha me horrorizó. Suavemente, con una lentitud que disfrazaba un sobresalto inmenso, añadí: ¿Por qué no te quitas los guantes... El obedeció. Ali, no me había engañado! Las manos del marqués eran despreciables; manos plebeyas, huesosas y ruines, con dedos recios, avarientos, estúpidos, incapaces de responder á ningún levantado ideal. Y, repentinamente, tuve deseos furiosos de llorar, pues comprendí que mí matrimonio, y acaso también mi porvenir, acababan de quedar rotos. Estupefactas, Eugenia y Mercedes exclamaron: ¿Y reñiste con él? -Le despedí. ¿Por eso nada más? Fríamente, con gravedad soberbia, Matilde repuso: -Nada más que por eso. ¿Os parece poco... Pues sabed que aún me angustia la idea de que aquellas manos odiosas al adueñarse de mi persona, hubieran podido algún día, en el momento de mi muerte, pesar sobre mis párpados... EDUARDO UIOLMOS UE MÉNDEZ BRINCA ZAMACOIS