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POLILLAS NACIONALES AY en nuestra tierra una gran sencillez de costumbres, aunque nuestro modo especial de ver y juzgar las cosas nos haga decir todo lo contrario. La más clásica costumbre española es la de perder el tiempo, y el medio más tradicional de ejercer esta noble misión es el de meternos en el café ó en la taberna y esperar á que pasen las horas, como si la noción de la vida fuera nuestro mayor tormento. Hay quien tiene en su hogar las más dulces comodidades y las abandona á la hora precisa de ir al café, para entregarse á una es. túpida somnolencia delante de la taza que lleva las iniciales del establecimiento. El café y la taberna forman extraño maridaje; es la unión de un francés nacionalizado y de una española afrancesada que reniega poco á poco de su tocado de maja de pandereta para usar modernismos y lujos á la moda; él vino de París muy tieso y con patillas, transformado como Cagliostro, satisfecho de haber servido en sus épocas doradas á Cabanis, á Pirón y á Voltaire en Procope, á Danton y á Desmoulins en Foy 6 en Corazza, y Sentó SUS reales en la Villa y Corte, dislocando las costumbres pacíficas, alarmando á las mujeres y haciendo que los polti ones graves abandonaran sus tarimas y sus tertulias alrededor de las pomposas copas de bronce dorado repletas de cisco, para ir sufriendo el agua va y las impertinencias de las rordas de noche, á hundirse en los primitivos cates que, sin ser precisamente cafés, no eran 3 a ta uernas. Poco á poco fué ensanchando su poderío y matando las tiendas de andahices, para mostrarse espléndido en el Parnasillo, en Lorencini, en Venecia. en el Iris y en el Jardín de Apolo. v. Ya no eran políticos de ocasión, ni enamorados de tapadillo, ni conspiradores los que concurrían á ellos, sino currutacos de elevado tupé y polo, nesa que discutían airadamente é iniciaban el divino arte de matar el tiempo, que usa tan pródigamente nuestra actual generación. El último qvie nos quedaba de aquella época- era el antiguo café de Madrid; allí, en aquel solar extenso situado frente al ministerio de Hacienda, en el antiguo casón destartalado que y a desapareció, estuvo en tiempos el célebre Parador del Candil, lugar en donde daban fondo las galeras de las Mensajerías y los camiones que traían dinero á la Aduana. El patio del parador era el emplazamiento clel que luego fué café del Iris y últimamente de Madrid, y bajo el cobertizo, sostenido por un pilarote de madera tosca donde los arrieros colgaban los candiles, fraguáronse muchas conspiraciones que se exteriorizaron después en las algaradas y motines que han pasado á la historia. Pero si el café antiguo era el hervidero de las pasiones políticas, el actual es sólo el fumadero chino; la taberna, propiamente dicho, no existe ya. No hay que pasar haciendo ia cruz junto á las puertas rojas del Madruga, ni del tío Mechero, ni hay que hacer cabalas tampoco sobre la maldad de los consumidores. Es verdad que á las tiendas de- vinos siguen concurriendo los guapos, pero no son aquéllos que tenían que hacerse cartel, sino los que lo tienen perdonado todo; guapos con sortijas, con cara formal, con recio bigote, pantalones abotinados y hongo color de café, que además son aficionados á toros. A la vez son contertulios de los cafés más distinguidos, y tienen su mesa á perpetuidad y su camarero fijo, á quien tutean familiarmente, y q u e les sirve doble ración de azúcar y hielo y les soporta mientras matan el tiempo, eructan, cambian de postura, enseñan sus sortijas y ponderan las habilidades de sus mujeres; Con ellos alternan, distinguiéndose en hablar mal, los señoritos de todos los matices, que hablan de la política en francés pedestre y de la literatura en caló, que se pasan de vivos por ir á la última de Apolo y que les ba. sta con envidiarse y odiarse, creyéndose genios y siendo en realidad unos infelices soñadores de la clase más económica y que, como decía Bretón de los Herreros, lo e n c u e n t r a n todo miay licito, -ioáo, menos trahajar. La época es insulsa; todos los que vivimos en ella somos luansos corderos, ángeles con cordobés que llevamos á la eíspalda un zurrón repleto de chistes trasnochados que creemos de novedad; lo cómico está en nosotros, pero no en substancia, sino en accidente; tenemos el perfil de lo grotesco; y mientras llevamos en el cerebro, por acumulamiento sin digerir, todas las materias extrañas y todas las adivinaciones de los otros, inclinamos la testa bajo el peso de la superstición y de la rutina. La costumbre es nuestra modorra; no se concibe á ia mujer sino con la apariencia de la Ltthi ó de la Mi ni de los Bufos, ni vemos nuestra figura en lo ideal, sino bajo el aspecto del lian francés, es decir, con el frac y la camisa arrugados y manchados de vino, el cuerpo borracho sobre el diván. ¡Oh raza inmejorable de esta nación hidalga! Perdona mi arranque de lirismo filosófico y üuerme. confiada en que todo se hará por sí solo; que la onda de luz resbale sin cesar sobre los cafés que animas y las tabernas que sostienes; que brille en su plenitud sobre todas esas huellas de la viruela nacional que se llama Plaza de Toros, y que vele tu sueño sin finel personaje del pobre Blanco Asenjo. aquel doctor negro que decía sin cesar frotándose las manos cuando se le moría un enfermo: -M u y hien; muy bien; ¡esto D I B U J O DE S T O L M O marcha! LKOPOI. DO LÓPEZ DE SAA