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JUGUETES. 111. SOLDADITOS DE PLOMO w! j- f- AS guerras humanas fueron modificando el aspecto de los soldados de plomo, en quienes sus fa K bricaiites procuraron reflejar la terrible actualidad de las naciones enemig- as. Antaño, estos juguetes se dividían en carlistas y cristinos después, en moros y cristianos más tarde, el desastre de Sedán y el sitio de Paris pusieron en boga á los sajones de bruñidos y puntiagudos cascos y á los valientes zuavos con sus cortas chaquetillas de parió azul y sus anchos calzones rojos; últimamente, la infancia, que oía á sus padres preocuparse dé la hecatombe de Puerto- Arturo, se interesó por los blancos y los amarillos -Yo soy japonés- -decían los niños; -tú eres ruso Y sentados frente á frente, delante de una mesa, comenzaban á ordenar sus huestes. En esas cajas de s o l d a d o s palpita todo el rudo vivir de los campamentos; hay tieudecillas de campaña de blanca lona, rancheros que guisan en calderos gigantes la comida del batallón, fosos, trincheras, caballerizas, árboles de plomo, morteros y cañoncitos que, cuando l a s peripecias del juego lo reclamen, sabrán disparar un perdigón. Acprellos soldaditos parodian los diversos gestos que las tropas adoptan durante un combate; unos marchan al paso, otros disparan, otros arremeten á la bayoneta, m i e n t r a s los lanceros gallardos cargan al galope; y también hay muertos colocados en actitudes trágicas, y hermanitas de la Caridad, y soldados dé la Cruz Roja que transportan camillas... Los n i ñ o s guiados por ese instinto estraté gico común á los hombres, van disponiendo todos aquellos elementos de destrucción: las tiendas de campaña, las caballerizas y las cocinas con sus rancheros pacíficos, se colocarán en los lugares más distantes y seguros; la Infantería ocupará la vanguardia, la Caballería atacará por los flancos. A una señal, los cañoncitos disparan, los combatientes caen, las trincheras se desmoronan, los bravos que cargaban ala bayoneta cpiedan aniquilados; in perdigón acaba de derribar á una hernii. lita de la Caridad... Y los niños, ebrios de matanza, excitados por las acres emocio 1 nes de la violencia y de la muerte, rien, y sus bocas frescas, donde todo debía ser candidez y dulzura, tienen la risa cruel de los adultos. Una mueca inconsolable de dolor, un perfume de opresión y de injusticia flota sobre esas cajitas de soldados de plomo donde la niñez aprende, como en las páginas de un libro terrible, la afición á la sangre y la seguridad devastadora de que, algunas veces, la tiranía puede ser un derecho. Un ese juguete, que emboza obscuramente los conceptos de bandera y de patria vive el hombre de las cavernas, que esgrimía contra la cabeza de sus semejantes su hacha de sílice. -Se debe matar- -piensa el niiro. Y mientras sus callones diminutos arrasan los ejércitos de plomo, todo el pasado tenebroso, todo el ayer manchado de intransigencia y de ferocidad, murmura en su alma inocente, que como no delinquió no siente necesidad de ser perdonada, la canción ancestral de la fuerza. Yo maldigo esos guerreros de plomo que todos hemos visto tumbados entre las virutas pintadas de verde que rellenan sus cajas con tapas de crústal; son un juguete insano que produce en la conciencia de la infancia emociones morbosas semejantes á las que determinan en la plebe inculta el crimen de ayer ó el suicidio de anoche La muerte interesa á los hombres más que la voluptuosidad; quieren conocer al matador, ver el sitio donde cayó la víctima, escuchar detalles de la tragedia. Este fenómeno, que podría informar uno de los capítulos más interesantes de la psicología de las multitudes, constituye el alma, toda el alma, d é l o s soldaditos de plomo. Eos niños gozan poniéndoles en fila para derribarlos despué, s, y parece que eíste ejemplo sencillo ha de agarrarse á su pensamiento, endureciendo su moral, perpetuando al través del porvenir la roja leyenda de las bizarrías criminales. Eos soldaditos de plomo también son un símbolo: el símbolo de nuestra humanidad implacable, vengativa, llena de rencores inútiles, para quien el perdón que predicó Jesús siempre será una vibración nueva. DIBUJO DE REGInOR EDUARDO ZAMACOIS