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í SALIDA D E LA BASÍLICA D E LOS P E R E G R I N O S D E S P U É S D E L ROSARIO S O L E M N E Lourdes de hoy, tan distinto del Lourdes de mi infancia. I, a gran vía que conduce á la Basílica se ha convertido en una alameda de feria. Todas las tiendas están iluminadas y abiertas hasta las diez de la noche. Algunos grandes bazares hacen pensar, por la variedad y el precio de sus objetos, en los de París. Sólo que en éstos nada existe que no lleve la imagen de la Virgen, con él indispensable rótulo de souvemy. Los cafés y los salones para escribir tarjetas postales, interrumpen los monótonos é interminables esca parates de los vendedores de reliquias. Parece que el catolicismo moderno huyese de la piedad triste y austera. A los que van á hacer penitencia, se les permite tener alegrías puras, distracciones inocentes, diversiones honestas. Sin duda, la risueña piedad de nuestros días es más simpática que la antigua, de rostro huraño. En Lourdes existe un espectáculo concurridí. simo: el panorama de Jerusalén. Este interesante espectáculo está ainenizado por la música de un órgano que no repite los acoraes solemnes del canto gregoriano, tan bellos en su uniformidad, sino qué llena el espacio de melodías variadísimas. La influenci a de las ideas actuales, que todo lo mercantiliza y á todo le imprime un sello de movimiento supérfluo, afortunadamente no ha logrado aún suprimir á la ciudad su espíritu de devoción. El número de peregrinos no disminuye, sino que, por el contrario, aumenta de día en día. En sus rostros, qué la fe ilumina con luz sobrenatural, se ve siempre la esperanza suprema del milagro. Un murmullo de preces sube como una mú. sica divina de entre los grupos que recorren, cantando, las calles. Y cuando en el crepiisculo tibio de la montaña, la multitud de los fieles llega hasta la gruta, ya lo moderno se ha esfumado, y la Reina d e los Angeles aparece como antaño, brindando tesoros infinitos de consuelo. i La Virgencita azul y blanca! ¡Cómo la reconozco! Ella es la única que no ha cambiado, la única que continúa de pie en su nicho santo, sin lujo, sin nuevos altares, sin nada que no sea su rosario de donde caen los consuelos como perlas, su nimbo áureo de etern a gloria y su pedestal rústico de siempre. A. DE G. CARRILLO C O N C U C C I O N D E LOS N F E R M O S A LA PISCINA r. IlAI. l TONE