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B A S Í L I C A D E N U E S T R A S E Ñ O R A D E LOURDES Y ESTATUA COLOSAL DE LA VIRGEN E L L O X J R D E S Y S I L santuario de la Virgen bearnesa va perdiendo su aspecto de rústica santidad. Kn otro tiempo la S iV Basílica se erguía solitaria sobre la roca en cuyo nacimiento se encuentra la gruta de la aparición. Blanca como la paloma mística del Cantar de los cantares, destacábase en el paisaje verde la imagen de Nuestra Señora. Una sola calle, que se prolongaba desde la estación del ferrocarril hasta el lugar donde Bernardetta contempló la visión sobrehumana, y algunos hoteles de peregrinos, era lo que constituía Lourdes. Pero hoy todo ha cambiado. Delante del templo han hecho los padres de Garaison un gran parque que le da mayor hermosura y grandeza. En la entrada se ve la famosa estatua, ejecutada por ei notable escultor Ilerno t de Longin. Representa á San Miguel, con la espada en la mano, aplastando al dragón. En el centro, sobre una elevada columna, rodeada de un jardincillo, admírase la imagen de la Virgen coronada, que se yergue, augusta, con sus colores de cielo azul y de nube blanca. Sólo el orfelinato de María Inmaculada y una gran fábrica de luz eléctrica, con el aspecto frío de la arquitectura utilitaria, turban este ambiente de poético recogimiento. La a l d e a d e otros tiempos h a adquirido grandes proporciones. Sus calles se han ensanchado y se han multiplicado. L o s hoteles son, lo mismo que todos los de las grandes ciudades europeas, cómodos, limpios y elegantes, lin ellos no se preo c u p a n los d u e ñ o s como en los de antaño, de si el viajero debe comer carne ó pescado; hasta p r o m i s c u a r se puede ahora, sin que nadie se aperciba de ello. La pureza espiritual no es de rigor. Las calles, alegres con el alumbrado eléctrico, y bulliciosas con la invasión de los curiosos turistas, es lo que más me llama la atención en el PEREGRINOS EN ORACIÓN ANTE LA GRUTA