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plida; y, siti embargo, si ustedes huVieran visto como yo el tipo del hombre, por un cualquiera le tomarían. ¡Kn el Dulcísimo nombre! -dijo, santiguándose, la segunda doncella; -porque usted lo dice lo creo, señor Tomás. ¡L, a señora haciendo esos cumplidos á un pelagatos! -Mírate, pues, de lo que te extrañas- -objetó la señora Patro, á quien doce años de sisa en la villa y corte no habían raodiücado del todo la sintaxis nativa, -si- verías cuantas veces el hábito no hace al monje... -Ya que cada cual dice su sentir- -repuso el portero, -voy á decir lo que yo creo. Para mí que este año las rentas han sido menores; para mí que el señor conde en Biarritz ha perdido un dineral, como otras veces, y para mí que el tío de esta tarde ha venido á negociar un préstamo con la señora. ¿Con la señora? ¡Qué se va á meter la señora en negocios, si todo es del señorito! ¿Qué trajo ella cuando se casó? ¡Si era hija de un triste capitán que murió en la guerra! ¡En el Dulcísimo... -volvió á exclamar la segunda doncella, que no conocía hasta entonces el origen modesto de la condesa. Por este camino iban los comentarios y las suposiciones, en que todos metieran baza, á excepción de Agustín, el lacajáto de la niña, que no dijo esta boca es mía. Y véase lo que son las cosas. El único que calló era el que sabía algo. El le había abierto la puerta y le había acompañado al gabinete amarillo de la condesa, y al retirarse por el salón la oyó llorar... Al salir, los ojos de aquel señor y los de su ama estaban rojos. Sin duda que la entrevista había sido muy triste. A Agustín le dio mucha lástima de aquel pobre señor, que le fué simpático desde el primer momento sin saber por qué. Al día siguiente, todo el mundo se enteró de que el señor misterioso era profesor de dibujo de las niñas, á quienes daba desde entonces una hora de lección todas las mañanas. El misterio existía realmente. Un día supo la condesa que su padre, á quien todos creían muerto gloriosamente en el campo de batalla, vivía. Su madre se lo reveló encareciéndola el secreto, porque se trataba de una desgracia muy grande. Más tarde fué más explícita. El capitán, en un momento de extravio, se había jugado los fondos del Cuerpo, y había huido un día en que su batallón fué destrozado por el enemigo. Alguien le hizo figurar en la lista de los muertos, y la causa por malversación fué sobreseída. El capitán huyó á América y no se habló más del asunto. Doce años después üe aquel suceso, muerta ya la esposa, y rica y feliz su hija, el ex capitán, arruinado y viejo, no pudo resistir al deseo de verla una vez siquiera, y vino á España. En la imposibilidad de revelar al conde aquel secreto deshonroso, se inventó lo del profesorado para que el infeliz padre pudiera entrar en la casa; pero la situación no podía prolongarse mucho. La curiosidad de los criados, advertida por la condesa y por su padre, aumentó de tal modo el sobresalto en que vivían, que el padre se decidió á partir nuevamente. Al profesor le había salido una colocación en América. Agustín el lacayito, por lo que oía sin querer y por lo que averiguaba escuchando, se enteró del viaje, y un día al abrirle la puerta tuvo un arranque que no pudo reprimir. De cogió las manos y le dijo: -Señor, si usted me llevara, yo me iría con el señor. Cuando una tarde en el jardín dijo Agustinillo á la niña mayor de la condesa que al día siguiente se marchaba con el profesor, la niña se compadeció del lacayito. ¡Pobre Agustín! ¡Tan lejos! ¿Cómo tienes valor? Agustín bajó la cabeza. -Ya ve la señorita- -díjo; -siempre es bueno correr tierras. Pocos días después dejaban las costas de España, unidos por caprichoso vínculo, un viejo que se despedía tristemente de las amarguras de su pasado, y un niño que saludaba al alborear de su porvenir. C. L. D 35 CUENCA Dir. tl. TOS DE M É N D E Z TÍRIN GA.