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S P Ü; t ¿it WsiV- A pendencia se armó cuando la romería estaba en todo su auge. Acababan de echar una tirada de cohetes de luces, que había rematado estrepitosamente con media docena de bombas de dinamita. El gaitero floreaba una nmiñeira llena de filigranas, que el del tamboril se encargaba de pulir con vivos redobles y el del bombo de redondear rotundamente. Los bailadores de riveirana hacían prodigiosos trenzados de piernas en el atrio de la iglesia. Cabaleiro, mozo fornido, lanzó, con ánimo de armarla, este apostrofe de guerra á los romeros de arrestos 3 empuje: ¡Qzten me de un pait- dou- lle ztn peso! M Aún no había acabado de hacer tan extraño ofrecimiento, cuando se levantaron cuatro ó cinco cachiporras, y... ¡puní... le midieron las costillas al provocativo de Cabaleiro. No se amedrentó por ello el rapaz, y esgrimiendo una formidable estaca, se lanzó contra sus enemigos. Sonaron aturuxos de guerra, y los mozos de las aldeas rivales, Cobelo de Arriba y Cobelo de Abajo, se acome. tieron con inusitada furia. ¡Arriba Cobelo de Arriba! ¡Arriba Cobelo de Abajo! Tales eran los gritos que vibraban entre el jadear de la lucha. El señor abad salió de la iglesia y, de primera intención, le dio tremenda puñada á un mozo que gritaba estentóreamente: ¡Mueran los de Cobelo de Abajo! (El señor abad había nacido en Cobelo de Abajo. El mozo cayó de cabeza en un cesto de rosquillas que estaba próximo. Dando chillidos, se acogieron á la iglesia viejos, viejas y algunas mozas. Eas más forzudas y aguerridas tomaban parte principal en la lucha y menudeaban los golpes con donosura y energía. Cabaleiro, con media estaca en las manos, se las tenía tiesas con dos mozos enemigos. Rápida, se, abrió paso entre los combatientes la Grila, moza de rompe y rasga, y encarándose con Cabaleiro... ¡zas! le atizó un puñetazo en una oreja y, levantando la pierna, le dio tal puntapié, que le D l I i U J O DE M E D I N A V E R A dejó señalada en un muslo la doble fila de clavos de su almadreña. ¡Recorciol- -aulló Cabaleiro, volviéndose bruscamente. Al darse cuenta de quién le había acometido, se quedó estupefacto, y en su semblante se reflejó una emoción tierna y profunda. ¡Vaya una moza... ¡Qué poderío... ¡Que deaño de mtdler -murmuró conmovido Cabaleiro. Intervinieron oportunamente guardias civiles, maj ordomos y reverendos curas, y, por fin, la tranquilidad renació en la romería. Los de Cobelo de Arriba y Cobelo de Aba o sellaron la paz, apurando juntos sendas tazas de vmo del Rivero. Cabaleiro no estaba en el corro con los mozos. Cabaleiro, desde que la Grila le había demostrado la fuerza de sus puños, locamente enamorado de la rapaza, la seguía de cerca, cantándole coplas explosivas. La Grila contestó finamente á una de las coplas y, cosa muy natural, se acortaron las distancias, menguaron los odios y sobrevino el parrafeo, lleno de ternezas. Cuando se apagaron los faroles de la ermita y cesó el baile, Cabaleiro y la Grila, cogidos de la mano, marchaban á remolque de un grupo de mozas y mozos que, cantando alalds, regresaban á sus casas. La noche era tibia y azulada. La dulce brisa de la noche, perfumada de esencias campestres, arrastraba entre sus ondas ecos de los cantares que entonaban los mozos y mozas. El señor abad, seguido del sacristán, se encaminaba á la rectoral, embebiendo su alma en la serenidad de aquella noche. De pronto, sonó su voz, entre airada y paternal: ¡Caráspeta... ¡Andad para adelante... ¡Vaya un modo de festejar al Santo Patrono... Cabaleiro y la Grila, á quienes iba dirigida la admonición, atendieron las palabras del señor abad y se incorporaron al grupo de cantadores. El señor abad también siguió su camino, pensando en el Santo Patrono, en los palos que hubiera en la romería, en las proezas de Cabaleiro y en la desenvoltura, nada cristiana, de la Grila. CAMILO BARGIELA