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niños ODOS los viajeros del tranvía mirábamos con ojos ds curiosidad á la pareja que ocupaba uno Itól Jp de los rincones. El, bajito, regordete, de cara encendida y cuidadosamente limpia de pelos y señales, excepto en la barbilla, donde ostentaba un gracioso lunar como si fuera su marca de fábrica. Ella: alta, seca y bigotuda, de mirada enérgica y de gesto dominante. Ambos vestían con elegancia y mostraban ese aire de desenfado peculiar á las gentes que viven sin apuros y sin zozobras. Iban muy juntos, pero sin conversar; sólo de vez en vez se dirigían respectivamente alguna pregunta, contestada en el acto con cierta indiferencia. Verdaderamente, ni su tipo ni su conducta eran extraordinarios ni, por lo tanto, dignos de llamar la atención. Y sin embargo, todos les mirábamos con una curiosidad insistente, como si de ellos esperásemos algo que justificara nuestras pesquisas. Sobre todo, un matrimonio de buen porte que se acomodaba en el banco de enfrente, no les quitaba la vista de encima. Este matrimonio llevaba la dulce compañía de sus hijos: cuatro lindas criaturas, dos niñas y dos niños, que parecían de una misma edad, pues eran casi iguales de carnes y estatura. Los chicos, que iban charloteando de sus cosas y riéndose con risa de pájaros de sus respectivas ocurrencias, cesaron de pronto los interesantes diálogos y se pusieron á mirar adonde todo el mundo, pues sin duda la curiosidad es contagiosa como el bostezo, y ataca á todos los seres, sin respetar las edades ni los sexos. Mas como la infancia carece de la prudente discreción necesaria en las personas ina 5 ores para ahorrarse cuatro ó cinco disgustos por hora, bien pronto aquellos chicos se rieron de la pareja misteriosa y lanzaron á media voz sus audaces comentarios... Temi por un momento C ue se desarrollara en aquel interior un saínete trágico... Pero ni el caballero ni la señora perdieron su impasibilidad ni se dieron por aludidos. Ellos seguían en su puesto, y todos nosotros continuábamos desde los nuestros sometiéndoles á una estúpida é injusta vigilancia. Se estableció entre los viajeros una extraña solidaridad, digna de mejor causa. Como si se tratara de realizar una gran obra, todos nos encontramos fuei- temente unidos ante la misma idea. Y con una confianza y una franqueza de amigos antiguos, nuestras miradas se encontraban sonrientes y nos animábamos los unos á los otros con ligeras, imperceptibles sonrisas. ¡De qué tonterías se alimenta la humanidad á ratos! De pronto, la pareja se levantó para apearse. Y entonces vimos salir de debajo del asiento á dos hermosos perros, gordos, relucientes, bien cuidados, con sus collares, lazos y cascabeles correspondientes. Marcharon, desperezándose, detrás de sus amos que les llamaban con mimo, y ladraron alegremente, sin duda en acción de gracias. ¡Entonces fueron los comentarios... Entre todos, ninguno tan expresivo como el del papá de las cuatro criaturas. Con el puño cerrado y con mal reprimido acento de indignación, dijo en voz alta: ¡Dos perritos... ¡Qué lástima... ¡Cómo se conoce que no tienen niños... Todos aprobaron la sentencia. Pero yo que amo á los perros desde mi más tierna infancia (1876) y que les he dedicado en mi primera juventud (1898) una frase que aspira á la inmortalidad, estuve tentado de rectificar las despectivas palabras del padre de familia. Me limité á decir en mi interior, mientras contemplaba á su prole: ¡Cuatro criaturas... ¡Cómo se conoce que no tiene perros! ANTONIO Dinr. lO DE MEDINA VERA PAEOMERO