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POR A. L 15 F I ItO 1 UPF GUE POETA NICARAGÜEÑO. JOYA NO DESCUBIERTA TODAVÍA POR NUESTROS MODERNISTAc i Ir- v i? X í El día se desgrana; su albor adormilante se ve quintaesenciado de tono opalescente; se rasca y se levanta de la cama la gente. El sol su sinfonía preludia por las cumbres; del pueblo se desprenden los humos de las lumbres que pudierantes cuecen ílatulentas legumbres; los pajarillos cantan, las nubes se levantan; los agrijornaleros el desayuno yantan, salen, multiveredan y en el campo se plantan. El conde va de caza sobre su glauca yegua; precédenle los galgos, que se mueven sin tregua y en tres ó cuatro saltos se tragan una legua. Se extiende por el llano, de la jauría el eco; la yegua herradurea por el rastrojo seco, tan seco cual las caras pintadas por el Greco. Por entre los terrones color de soconusco, evocación pagana de un arenal etrusco, el conde y ios lebreles se dedican al busco; observan despaciosos, irrespirantes... ¡Zas! ¡La liebre! Sús, la liebre... Se disparan detrás; los galgos corren, vuelan; la liebre mucho más; la yegua resoplea, pulverula terrones; sus crines flotovienta, y en el aire dan ones como si fueran dignas de acariciar violones; vertigicentelleantes van conde, yegua y perros; el suelo se acobarda; desmáyanse ¡os cerros; toman antiespasniódicos las malvas y los berros. ¡Oh, noble esport de caza! Caballos y jaurías igual recorren bosques en sombra, vulgo umbrías que llanuras bañadas de sol, vulgo solías Perro que de conejos halle el rastro y lo siga... gorriones suculentos, atrapados con liga... excelsas escopetas que, al tirar, hacen higa... ¡Sus, tercos cazadores! Seguid, seguid la liebre, y una vez alcanzada, la fiesta se celebre saboromasticándola estofada ó al pebre. Brevemente la liebre será del cazador; ya el galgo delantero, que es el más corredor, tiene el morro á dos dedos del sitio del hedor... Pero, ¡oh prodigio! ¡oh suerte del conde! En el instante en que ya la hocicada va á dar el de delante, un hada se aparece en carro de diamante con seis corceles glaucos, y dice al conde el hada, que entre galgos y liebres se encuentra colocada: -Esa liebre es tu suegra. ¡Mi suegra! -Está encantada; si llegas á cogerla, la vuelves á la vida normal; deja que corra, si no eres un suicida. Y asi diciendo, el hada quedó desparecida. La jauría se para; la yegua da una coz; el conde vuelve al pueblo, y dice en alta voz: ¿Mi suegra. ¡Caracoles! Jamás; ni con arroz. Misi- iTÓN GONZÁLEZ r. v 1