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T 2; 4? r f 3 W 5 A Tf -U. y s í r Br- -9 A r r 1 V- r r nt j r f Ti. 1 V I Ssi L suelve el i. ntriucado problema que cada mujer esconde en su alma, y lo hace salir ai exterior, lo muestra en las líneas armoniosas de un rostro. Kstas tres obras son los retratos de las condesas de Casal y de San I lix y el de la señora de Elguín. Las tres damas son hermosas, y en ellas hay algo especial que casi las puede hacer prototipos de distintos géneros de hermosura. La condesa de San Félix aparece con todo el boato y el esplendor necesarios á una beldad mundana. Un traje de raso pálido, marfilino, ciñe su cuerpo arrogante, y desde los hombros se desliza un abrigo adornado con pieles sedosas. Una mano caída sujeta negligente dos ó tres rosas purpúreas que ensangrientan la nácar del traje; el otro brazo mantiene perezoso la amplia j S- í í il salida de baile, mientras la cabeza, sostenida por un cuello M S T V ¡SI altivo, regio, se inclina algo á un lado, con un poco de melancolia que enti istece la expresión ae los ojos negros, maravillosos, habituados al triunfo. El fondo rojo, sombrío, da olor á toda, la figura; parece destacarla sobre el cortinaje de algún vestíbulo- palacial donde la señora duda un instante, en la actitud indecisa de quien teme entrar en un sitio donde tai vez 5 a no se divierta. Distinto por completo es el retrato de la condesa de Casal, quien aparece sentada sobre un tronco, en ei campo, en uno de esos coilados severos y agrestes de El Pardo. En la lejanía se ven las crestas azules de la Sierra, encinas adustas, tomillares grisáceos, y en medio de aquel paisaje eremítico, la figura del modelo se presenta con la gracia picante de un retrato de Goya. La cabeza pequeña, redonda, se cubre con amplia mantilla que cae formando un marco negro al rostro, donde se esboza el gracejo de una sonrisa madrileña. Entre la urdimbre del encaje bermellonea una rosa, y la mantilla, resbalando por el vestido de gasa blanca, vela áureas lentejuelas, acaricia los brazos, arqueado uno en la cintura, mostrando el otro un abanico antiguo de varillaje de nácar y país multicolor. Todo el encanto de las madrileñas, toda esa extraña 5o mtura (si vale la palabra) formada de palidez, de ojos guasones, de cuerpos menudos y esbeltos, que es como una refinada decadencia de la hermosura, aparece en este retrato, en la expresión maliciosa de las pupilas, que chispean burlonas, en la sinuosidad sonriente de los labios, en la naricilla graciosa, en la vibrante nervio. sidad del cuerpo, que pide ser ceñido por una estrecha basquilla de maja. n fondo espléndido de alcázar, una escalera suntuosa, TTNO DE OH E S DE LA E X P ¿O E O L L A EN LAt. DE O wrar TM: SBA. D. BLBxVA ORTUNAB Di 5 BLGUIN SBA. CONDESAN FETjIX cuyos peldaño. -j de mármol corta de asu un tapiz, un amplio espejo, plantas verdes, constituyen el fondo donde se recorta la figura de la señora doña Elena Ortuna: de Elguin, distinguidísima dama chilena. del mundo Es una beldad soberana j triunfante. No parece temer nada; ninguna de las tristezas sonrisas. debe llegar hasta esta mujer, alta, rubia, blanquísima, de ojos infantiles, hechos sólo á ver á contemplar deseos cumplidos y órdenes acatadasTiene esta dama todo el sutil y complicado hechizo de las hermosuras cosmopolitas. No la podemos concebii encerrada en el estrecho ambiente de una vida burguesa, detenida por las preocupaciones de una existencia mediocre. Necesita los homenajes de los pueblos, la admiración de las multitudes. Las reinas célebres por su belleza arrogante, las Berenices, las vSemíramis, las Zenobias, debieron ser así, andar por sus palacios como esta dama anda en el cuadro de Sorolla, y seguramente recogieron sus mantos con el ademán indolente, habitual, naturalísimo, con que la señora de Elguin sostiene su abrigo de armiño y nutria y levanta algo la sedosa falda para que no la pisen los pies, menudos y juguetones. La idea de una hermosura victoriosa surge de este retrato. No hay en él la melancolía vaga del piiniero ni la serenidad simpática del segundo. Es un cuadro triunfal, casi alegórico, tal vez por la misma esplendente encarnación del modelo, para quien es verdad la hipérbole poética del cutis de nieve y de rosas. El éxito de estos retratos en París ha sido enorme. La mejor prueba es que en alguno (en el de la condesa de Casal) hubo de ponerse el cartel de vendido para evitar explicaciones á las muchas personas que deseaban comprarlo. Después de esto, la lej enda de que SoroUa no es retratista de señoras sufrirá la suerte de todas las leyendas del mundo: será declarada apócrifa. Después de estar en Biarritz hasta mediados de Septiembre y hacer el retrato del ilustre doctor Albarrán, que ha sucedido al eminentísimo Guyon en su cátedra de la Facultad de Medicina de París, Sorolla irá á su querida Valencia, á Jávea, á recrearse ante su luz y su mar incomparables, y luego tornará á los triunfos, á la vida esplendorosa que se le ofrece, semejante á la existencia de ensueño, patrimonio de aquellos hermanos suyos que se llamaron Rafael, Kubens, Van Dj kc, á quienes solicitaban las naciones y respetaban los reyes. MAuíucio LÓPEZ ROBERTS 3,