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1 CRÓNICA DE ARTE, SOROLLA EN BIARRITZ NTRE la muchedumbre de las tiendas, de los quitasoles, de los paraguas inflados, rojizos, que se hinchan convexos sobre la Gran Pla 5 a, pasea SoroUa cazando impresiones. Y los ojos del pintor, ojos muy abiertos, decididos, que miran francamente, ojos de marino ó de explorador, que ven lejos y lo ven todo, se emocionan contemplando los aspectos movibles y luminosos de las olas, las sombras fuertes, enérgicas, que negrean sobre el áureo manto de la plají a. Sorolla no halla gusto á la vida si no pinta, si no mancha dos, tres, cuatro estudios diarios, y al mismo tiempo planea cuadros, obras futuras; toda la exuberante fructificación de un talento generoso, jamás rendido, que produce con la sencillez fácil de una fuerza natural. Aquí, en Biarritz, no descansa. Hecho al sol africano del estío levantino, los calores de la Gascuña no hacen mella en él. Horas y horas está en la playa, tan pronto aquí como allá; en la arena, en los peñascos, junto á la franja espumosa de las olas, entre la multitud cosmopolita que pasea ante el maravilloso mar de Biarritz con la indiferencia distinguida de quien contempla itn panorama aburrido. Se ha hablado, se ha dicho tanto sobre la Exposición Sorolla en París, que casi nada nuevo puede contarse. T o d o el mundo abe que los cuadros se vendían como pan bendito; que los compradores pertenecían á las clases más altas: ari. stócratas, artistas, pintores; que jamás pintor alguno había obteyido en París un triunfo semejante, pues otras Exposiciones particulares, realizadas antes y al tiempo de la de Sorolla, no alcanzaron ntmca un éxito comparable al de nuestro paisano; que Enrique Rochefort publicó, en el Intransigcant, un artículo vibrante, sonoro como un toque de clarín, en el que llamaba la atención del público parisién sobre Un astro que nace; que el Pastado francés, después de escoger entre las obras de la Píxposición el cuadro Preparando las pasas, para albergarlo en el Euxemburg o, dio al artista la preciada rovseta de oficial de la I egión de PÍonor. Todo esto se ha sabido y se ha comentado más ó menos caritativamente. Mas lo que nadie dice, es que nada de esto parece haber sucedido para Sorolla. Si le hubiese sucedido todo ello al emperador de la SOROLLA y s u s H I J O S EN EL JARDÍN DE SU CASA SOROLLA EN LA. PLAYA China, no dejaría más indiferente al artista valenciano, para quien sólo existe la obra del momento, la tarea actual, única capaz de intei esarle. Al contrario de muchos hom) res que viven del pasado, á Sorolla no parece importarle un ardite toda su obra anterior. Nunca mira hacia atrás, y tal vez por eso ha escapado á la suerte de muchos genios, que, contemplando lo que queda á sus espaldas, se inmovilizan, se petrifican, como la mujer de las Escrituias. Aparte de sus obras de luz y de aire, que han maravillado en la Exposición, Sorolla ha obtenido un éxito enorme con sus retratos, y no sólo con lo. s de hombres, enérgicos, valientes, castizamente españoles, sino también con los de señora, género en el que, según algunos profetas clarividentes, el artista valenciano jamás podría sobresalir. Sorolla ha llevado á esta Exposión, á más de algunos ya conocidos, como el de la señora de Beruete, el de María Guerrero y el hermosísimo de su esposa, en el que esta dama sonríe, sentada en un sillón, medio en sombra, con un libro en la mano, otros dos, también de su mujer, uno bajo la luz candente del sol valenciano que se tamiza al través de la tela de una sombrilla, y otro en el que la señora de Sorolla está en pie, vestida de negro raso mate, apoyada en una silla roja. Y no contento con estos retratos, Sorolla h a expuesto otros tres que le acreditan de pintor de señoras, de hombre que comprende y re-