Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
JtdSm N la pequeña y vieja ciudad hay dos tres ó cuatro hornos; la hornera tiene un marido ó uu hermano; este marido ó este hermano es el anacalo. Se levanta el anacalo por la mañana, se desayima, y entre él y su mujer comienzan á llenar el horno de leña y de yerbajos secos; luego lo encienden; un humillo azul surte por la chimenea y asciende lig- eraménte por el aire. El aire se llena de un grato olor de romero y de sabina quemados; es la hora matinal en que las paloiuas de un palomar cruzan, se ciernen sóbrela ciudad y en que unas campanitas lanzan sus campanadas. Entonces, cuando el horno está ya encendido, sale el anacalo de casa; éste es el momento crítico en que comienza su oficio trascendental. El anacalo recorre todas las casas del barrio; se asoma á la de don Pedro y grita: ¿Amasan? En la casa de D. Pedro no amasan hoy; una voz grita desde dentro: ¡No! y el anacalo se marcha á otra parte. Aquí está ahora el viejo caserón de D. Juan; entreabre la puerta nuestro amigo y torna á dar una gran voz: ¿Amasan? Se hace una pausa; la casa de D. Juan es muy grande; es posible que Isabel, la antigua criada, ó Leonorcica, la linda moza nueva que D. Juan acaba de tomar á su servicio (no sabemos para qué, puesto que en realidad no hace falta para las escasas faenas de la casa) es posible, repetimos, que Isabel ó Leonorcica estén trasteando por alguna estancia lejana; el anacalo repite su pregunta: ¿Amasan? Al cabo de un momento una voz responde; ¡Mañana! y el anacalo se va á otra parte... Nuestro amigo se halla ante la casa de doña Asunción, la viuda de D. Anselmo, el que fué gobernador en Teruel el año 1877 (todos le conocimos) la casa tiene una gran portalada con su puerta de roble; pero esta puerta siempre está cerrada y á la casa se penetra por una estrecha puertecilla que existe en otra de las fachadas. El anacalo abre esta puertecilla y da su grito: ¿Amasan? Una voz replica: ¡Sí! y nuestro amigo penetra en la casa. Recorre el anacalo varias dependencias y al fin se encuentra en él amasador; ésta es una estancia un poco sombría; se ven unas lejas llenas de perolitos, cazuelas, vasos; unos cedazos están colgados en la pared; en un ángulo, en una rinconera, reposa una orcita destinada á guardar la levadura; la artesa, grande y de pino, se halla colocada sobre dos travesanos empotrados en la pared, y encima de la artesa, está el tablero lleno de panes blancos, recién amasados; un mandil rojo, verde, amarillo y azul, los cubre, los abriga. -Tenga usted cuidado de que no se quemen como el otro día- -dice Juana dirigiéndose al anacalo. -Sí, sí; usted descuide; el otro día es que estaba muy cargado el horno- -replica el anacalo. Y á seguida se pone una almohadillita redonda en la cabeza, coge el tablero, se lo coloca sobre el cráneo y se marcha. Este es el oficio trascendental, supremo, del anacalo: llevar el pan que va á ser cocido desde las casas al horno. En el horno, cuando llega el anacalo hay ya una pintoresca algarabía de comadres j vecinas; allí están Pepa, Remedios, Vicentita, Petra, Tomasa. Todas hablan á la vez y cuentan mil cosas; los haces de romero amontonados en un rincón mezclan su aroma al olor del pan recién cocido. El anacalo deja el tablero sobre un poyo de piedra y comienza á bromear con las comadres; todas ríen; Pepa, enardecida por una cuchufleta, se lanza sobre el anacalo y hace como que le va á pegar un coscorrón; se vuelve el anacalo, finge también que va á propinarle á Pepa un sopapo, y Pepa corre desolada, chillando y deja ver, entre el revuelo de las faldas, el comienzo de una fina y maravillosa pierna cubierta de una media roja, azul y amarilla. AZORIN DIBUJO DE ARIJA